Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

XIV. Irak, logística e información

Hay dos maneras diferentes de entrar en Irak. La más fácil y habitual, volando desde Jordania, Beirut o incluso Viena y Estocolmo en vuelo directo hasta Erbil, capital de la Región Autónoma del Kurdistán. Si se opta por esta vía, no es necesario solicitar visado previo. Las autoridades kurdas emiten sus propias autorizaciones de entrada, válidas por diez días, tras los que se le indica al extranjero la necesidad de personarse en una oficina del Ministerio de Interior para extender por sucesivos períodos de 10 días su estancia en el país.

No obstante, el visado que se estampa en el aeropuerto de Erbil no serviría, habitualmente para desplazarse fuera de la zona controlada por el gobierno autónomo kurdo. La capacidad de admitir extranjeros y expedir visados “de facto” , junto al gobierno, la constitución, la bandera y un ejército e himno propios, demuestran hasta que punto la región kurda vive de manera casi independiente respecto del gobierno de Bagdad. No obstante, los visados expedidos por dichas autoridades no sirven de nada si se quiere viajar al sur de Kirkurk. No permiten llegar a Bagdad, Najaf o Basora, ciudades por donde ha transcurrido este viaje. Se ha dado ya el caso de al menos tres extranjeros deportados por tratar de viajar hasta Bagdad con un visado kurdo.

Si uno quiere visitar las regiones central y sur de Irak es necesario solicitar un visado previo a la Embajada de Irak en su país de origen. Dichos visados pueden demorarse hasta dos meses y es necesario justificar una invitación desde el interior de Irak o acreditar un contrato de trabajo o carnet internacional de prensa. En ese caso el trámite puede agilizarse y se conseguirá un visado en apenas dos semanas. Cuando se estampa el visado en el pasaporte del extranjero que desea visitar Irak, en inglés y árabe, queda claro que el visado tiene validez de un mes a partir de la fecha de expedición.

No obstante, en el momento de pisar el aeropuerto de Basora, lugar a través del cual entré al país, se estampará un nuevo sello, exclusivamente en árabe, que exige visitar la oficina de residencia y nacionalidad del Ministerio de Interior iraquí, situado en el distrito de Karrada de Bagdad para renovar la estancia. A diferencia de la entrada realizada a través del Kurdistán, no se avisa ni se utiliza el inglés en los sellos estampados para alertar al extranjero de la necesidad de renovar el visado si el tiempo de estancia es superior a 10 días.

En mi caso, a partir del 23 de diciembre y hasta el 4 de enero, sin leer árabe ni hablarlo recorrí Najaf y Bagdad, especialmente Bagdad de una esquina a otra, atravesando una media de entre 5 y 10 checkpoints diarios, registrándome en al menos tres hoteles diferentes y mostrándole mi pasaporte al menos a unos 100 policías y oficiales del ejército, contándose entre los mismos un General de la policía federal iraquí, sin que nadie advirtiese (o me advirtiese) de la situación de ausencia de visado, por tanto de estancia ilegal en el país, en la que me encontraba.

No es de recibo detallar el número de veces que fue necesario aflojar billetes de 20 o 50 dólares para atravesar un checkpoint. Pero nunca por no disponer de visado sino simplemente por las ansias de dinero de los oficiales al mando. En todo caso, el extranjero que, con visado caducado se acerca al aeropuerto de Bagdad, atravesando los teóricamente rigurosos controles de seguridad del Aeropuerto, puede también pasar todos los controles y facturar su equipaje para el vuelo de salida del país sin que nadie se pare a leer la fecha de su visado. Dice poco, junto a las decenas de veces que no se le requirió de ninguna documentación, no se registraron sus aparatosas mochilas, cámara y baterías incluidas, pese a los detectores de todo tipo de metales y sustancias con los que el gobierno iraquí ha dotado a los controles de seguridad existentes en el país. La vida de los iraquíes puede detenerse sistemática y diariamente durante horas en cansinos controles que, como el extranjero puede certificar, no sirven de mucho. Por no hablar de que la mayoría de los miembros de los cuerpos de seguridad no tienen la más remota de idea de cómo reaccionar ante un pasaporte extranjero. La consigna para superarlos es el silencio. El silencio y aprovechar el desconocimiento policial, junto a la ausencia efectiva de reglas escritas o conocidas respecto a lo que se puede o no se puede hacer y que se supera muchas veces, con insistencia y determinación mientras en otras ocasiones, simplemente es el dinero quien abre las puertas. Abandonando y dando por perdida la utilidad de carnets y credenciales de prensa. La cámara está siempre -se disponga del visado o no, de la autorización pertinente o no- fuera de discusión. No se puede utilizar abiertamente.

En el momento de llegar al control de salidas, a la cabina en la que se estampa el sello de salida en el pasaporte, un policía de fronteras advertirá que en ausencia de la pertinente renovación de visado, el extranjero tiene tres opciones: a) ser detenido por infringir el tiempo de estancia permitido, y posteriormente deportado, con lógica, como harían la mayoría de los países conocidos, b) hacer la vista gorda, como hace, por ejemplo nuestro país, cuando se trata de un extranjero con visado caducado que desea, efectivamente abandonar el territorio nacional o, como sólo puede suceder en Irak, c) exigírsele que consiga un visado de salida del país. Irak es uno de los pocos países del mundo que cuenta con un visado de entrada y otro de salida.

Al extranjero al que se ha emitido un visado de estancia en el país con validez por 30 días se le modifican las condiciones de autorización de manera sobrevenida. Esos 30 días se convierten, repentinamente en 30 días disponibles para entrar en el país una vez emitida la autorización, no en 30 días de estancia. A partir del décimo día de estancia es necesario, atención, convertirse en residente en Irak.

Un periodista que desee permanecer en Irak, pongamos, once días, debe entonces conseguir un certificado de residencia en el país que comienza por el documento emitido por el hotel en el que se aloje. Posteriormente, con ese certificado de residencia, acudir, pongamos,  a la Gobernación de Bagdad donde se le emitirá un certificado de residencia. Dicho certificado de residencia es necesario para poder acudir a una oficina en un hospital determinado en el deberá someterse a una prueba de SIDA, cuyos resultados son indiferentes ya que no serán enviados, cuando semanas más tarde, sean descubiertos, al domicilio del extranjero, sino al lugar en el que se ha registrado en Bagdad, en el que, obviamente, nadie recogerá los resultados. Con el resguardo que garantiza haber realizado la prueba del HIV podrá entonces dirigirse a las oficinas de nacionalidad y residencia en las que se le expedirá el visado de salida.

Es decir, un extranjero que desee permanecer 11 días en Irak debería gastar al menos tres días para realizar los trámites necesarios para la emisión de su visado de salida. No creo que nadie lo haga. Yo no lo hice. ¿Adivinan cual es la alternativa?. Han acertado. Dinero. Dinero dirigido a quien estampa los sellos. Dinero para los policías que franquean las puertas de las oficinas de la administración. Dinero para que no se exija al traductor local un pasaporte como requisito de entrada a un edificio público. Dinero y tiempo. Si en las oficinas de la administración nadie habla inglés, si para tramitar un visado sólo se puede acceder a los edificios de la administración con pasaporte en la mano y el traductor local no dispone de pasaporte, es imposible realizar los trámites. Dinero. Una administración diseñada para ser navegada a través del dinero. Hay cosas que nunca cambian.

La credencial de prensa es inservible. Que el visado haya sido concedido bajo la categoría de “trabajo de medios y cámara” es irrelevante. Literalmente, en cada ocasión que se saque una cámara a la calle, todo el procedimiento comenzará de nuevo, sea en medio de una carretera o en el centro de la ciudad. Cada policía, cada soldado, es soberano de su parcela. Puede realizar llamadas durante horas preguntando cuál es la reacción esperada ante un extranjero con una cámara. Nadie sabrá responder. Súmesele a eso la población que, en ciertos lugares, ejercerá de policía, por miedo o desconfianza. Pueden transcurrir cinco minutos entre el momento en que un coche extraño con un extranjero se pare en una calle hasta que cualquiera de los vecinos que le vean, llame por teléfono a la policía o el ejército de la siguiente esquina para informarle de una anomalía. Trabajo perdido con casi total seguridad. Como muchas veces comentábamos durante nuestros intentos de grabación “Probablemente es más fácil viajar con explosivos que con una cámara en Irak”. La cámara es considerada, siempre, una amenaza, un peligro potencial. Tratar de conseguir permiso para filmar un puente o un punto de control militar con el que ilustrar una entrevista sobre la situación de seguridad o la transferencia de competencias al ejército iraquí podría demorarse días. Días para conseguir grabar un plano. De ahí que el trabajo se convierte en casi clandestino. Ocultarse, pasar desapercibido y trabajar con prisas genera desconfianza. Sin mencionar el pavor que aún, en una situación de ausencia de secuestros como la actual, le genera a muchos iraquíes de pie, taxistas, amigos o traductores, moverse junto a un extranjero, especialmente en determinados barrios de Bagdad.

Todo se resume, finalmente, en que para trabajar se depende de la confianza, plena, de un conjunto de personas, lo más reducido posible, sin las cuales un extranjero en Bagdad no sería más útil que uno de esos semáforos apagados hace años. Junto a la confianza, el tiempo y la paciencia, contando con que para cualquier escena o entrevista, los preparativos podrían durar horas, incluso días, miedo y dinero para llegar desde un determinado lugar a otro determinado lugar. No se trata sólo de la pericia al conseguir los planos o identificar historias relevantes y que transmitan algún tipo de información al público. Muchas veces, el periodismo depende exclusivamente de la logística, los contactos y como siempre, un nivel de incertidumbre en el trabajo que, dadas las circunstancias laborales, no sólo es imposible pagar por su peligrosidad, que se asume sin queja, voluntariamente, como parte del encargo, sino por la altísima probablibilidad que existe siempre de realizar un viaje y regresar con las manos vacías por problemas logísticos. Interesante trabajo. Que casi nadie cambiaría. Se visitan lugares y se conocen personas inaccesibles para gran parte de la población. Olvidémonos de grandes hoteles, políticos y ruedas de prensa. Las calles, la historia está en las calles, un lugar en el que se extraen conclusiones, incluso contradictorias, heterodoxas, con las que no se está necesariamente de acuerdo. La historia está en compartir vida diaria y transmitirla. El periodismo es cercanía.

Es importante recordar Bagdad cuando ya no es sólo un cuarto oscuro en el que nadie sabe realmente quien le prende fuego, cuando ya no hay miles de milicianos armados amenazando a sus habitantes, cuando se puede viajar sin saber que uno se está jugando la vida con total seguridad, cuando acaba el morbo y la tragedia de los cadáveres que riegan las calles. Normalidad relativa en Bagdad. Una situación que toma oxígeno y respira, con un nivel de violencia mucho menor que hace dos años. Aunque, por supuesto, pueda cambiar en cualquier momento. También eso es información y debe interesarnos, aunque carezca de titulares y exclusivas. Información muy real, de cercanía. Que nos acercará un tipo de conocimiento, humano, cada vez más necesario.

Sigue viajando por Iraq: II. La ilegalización de facto de los sindicatos del petróleo