Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

XIII. Habitantes de Bagdad ¿supervivientes o resistentes? (1/2)

Bilal Al Badry cuenta que en su barrio un vagabundo loco caminaba desgreñado, arrastrando los pies y recogiendo objetos de la basura. Sin molestar a nadie. Recibía comida de los vecinos y dormía en las esquinas. Jugaba a disparar con el dedo a los coches que pasaban a toda velocidad, sorteándolo. Hasta que uno de esos coches se paró y, simplemente, lo ejecutó.

Su primo Roaaim Al Badry estaba junto a Bilal en la Universidad cuando su padre, Basil, le llamó por teléfono y le dijo “no vuelvas al barrio esta tarde al terminar las clases”. El Ejército del Mahdi había ido a reclutarlo a su casa. Durmió un par de días en casa de Bilal y partió directamente a Damasco, donde esperó casi un año a que se normalizaran las cosas.

Unas semanas antes, tres coches de policía con media docena de agentes perfectamente uniformados habían llamado a la puerta y, con la excusa de realizar un registro rutinario en busca de armas, encerraron a la familia en una habitación. Cuando media hora más tarde se hizo el silencio y el padre de familia salió a ver si se habían ido, así era. Pero también les habían desvalijado la casa.

Suada Ahmad, la madre de Roaaim y esposa de Basil, viaja todos los días en taxi a su trabajo en el Ministerio de Vivienda. Una mañana, cuando amanecía, mientras se acercaban al edificio, sin detener el coche, varios encapuchados dispararon a su conductor habitual. Ella salió ilesa del atentado. Con un cadáver en brazos. Al día siguiente. Con un taxista diferente regresó a su puesto en el Ministerio, para ser atacada unos meses más tarde por un coche bomba que, si bien no asesinó a ninguno de sus compañeros de trabajo, dejó el edificio inservible por una buena temporada y a varios taxistas y viandantes muertos en la puerta.

Roaa, hermana de Roaaim, la hija de Basil y Suada, está prometida con Sameh, que conduce un modelo de mercedes de los años 70 adquirido en subasta. Perteneció al general Abdul Karim Qasem, Primer Ministro iraquí entre 1958 y 1963. Sameh fue secuestrado por delincuentes extranjeros. Con acento sirio. Pedían 150.000 dólares por su rescate. Una semana después de la captura su padre pagó 10.000. Fue torturado sin pausa. Sospecha que fue un vecino quien facilitó la información.

Assim Ameer es amigo y compañero de universidad de Bilal, de Roaaim y de Roaa. A él también el Ejército del Mahdi fue a buscarle a su casa. Junto a su padre y su hermano debían abandonar el barrio. Tan sólo les salvó que una docena de vecinos intercedieron por ellos. Aún así, aún tiene miedo. Una vez que has escuchado los golpes en la puerta de quien podría ejecutarte, no se olvidan nunca. A veces, antes de matar a sus víctimas, las taladraban cual elementos de bricolaje antes de lanzar sus cadáveres al río. Muchos aún no han aparecido.

Saba Nadawi trabaja en IWPR (International War and Peace Reporting Institute). Es coordinadora de sus programas de formación para periodistas iraquíes y de la Revista METRO. Seis meses después de casarse con un compañero de trabajo, en diciembre de 2008, se despidieron. Él se dirigía a visitar a un familiar en Fallujah. Alguien detuvo el coche y le ejecutó. Encontraron su cadáver en el asiento del conductor. Viajaba solo.  Era periodista. El pasado 25 de enero de 2010, la oficina de Al Jadiriya en la que comí y entrevisté a Saba fue prácticamente destruida por la explosión provocada por un suicida que se inmoló contra un hotel sede habitual de periodistas extranjeros. Los trabajadores han alquilado una casa cercana a la oficina para poder quedarse a dormir en ella los días en los que parezca demasiado peligroso el trayecto de regreso a casa

Ali Kareem es un poco mayor que sus amigos. Tiene 26 años. Comenzó a estudiar en la Academia de Bellas Artes de Bagdad con algunos años de retraso. Antes vendía cigarrillos y dulces en los semáforos. Zaid Al Wardi le empleó más tarde en una de sus tiendas de ropa. En casa de Zaid hay una habitación que se ha quedado anclada en el tiempo. Libros encima de la mesa, pósters amarillentos en las paredes, ropa vieja pero sin estrenar y un calendario que marca marzo de 1982. Su tía, estudiante de último año de medicina, recibió un aviso de un compañero de célula, clandestina, en el Partido Comunista de Irak. “Vienen a por ti”. No se tomó la advertencia en serio. Salió rumbo a la universidad y nunca regresó.

25 años más tarde Zaid dormía junto a su mujer y sus hijos en el tejado de la casa debido al calor iraquí. Aquellas noches en las que las milicias dirimían sus cuitas internas, tapaba con su cuerpo el de su hijo de Osama su hijo de 12 años para evitar que las balas perdidas cayesen sobre él mientras su mujer hacía lo mismo con Zeinab, la niña de 15 años. Zaid solicitó hace ya dos años el inicio del proceso para que toda la familia emigre a Canadá. Su padre, desplazado por el miedo a las milicias, se quedará solo el día que el resto de la familia se vaya.

El hermano de Basil, Abdullah, tampoco regresó nunca, en este caso del frente de la guerra con Irán. No saben cómo, cuando ni donde murió. Hace tiempo que perdieron la esperanza de que aún estuviese prisionero en Irán dos décadas más tarde.

Todos mis amigos, excepto Basil y su esposa, con casi 60 años, quieren abandonar el país.

Basil llega a casa del trabajo el día de nochevieja. Está enfadado. Ha tratado de convencer a sus sobrinos más pequeños de que no lancen petardos en la puerta para celebrar el fin de año. “Los vecinos se sentirían ofendidos si saben que vamos a celebrar algo. Estamos en el mes de Muharram, sagrado para los chiítas, de luto por el martirio de su Imam Hussein y alguien podría venir a pedir explicaciones”. Su casa es la única en decenas de metros a la redonda en la que no ondea una bandera sectaria como las que me han acompañado desde mi llegada a Basora. Se pone la Disdasha, a modo de ropa de andar por casa, se sirve una copa de Chivas y me dice, refugiado en la oscuridad de su despacho – “He perdido cualquier esperanza”.  Ponme otra a mí, Basil.

Basil, Zaid, Bilal, Ali y Saba en Baghdad, Abdullah y Abu Faruk en Basora, Ali en Rumeitha, Inthissar y Thuwar en Najaf y varias decenas de personas más que he conocido a lo largo de los últimos años en Erbil, Suleimanya o Kirkuk siempre hablan de tirar la toalla, pero nunca lo han hecho. Continúan construyendo Irak a su manera.

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