Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

XII. El teatro de la Academia de Bellas Artes de Baghdad (2/2)

Llama la atención el tamaño del teatro de la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Bagdad, en proceso de reconstrucción. Un lugar en el que Ali Kareem espera actuar antes de que acabe el curso. Este lugar fue levantado por los británicos en 1932 y en la década de los 50 era el centro del teatro más vanguardista de Irak. Aquí, estudiantes universitarios representaban cada jueves obras traducidas al árabe o directamente en inglés. Desde los años 60 nadie se preocupó de evitar su degradación hasta llegar hasta un estado de ruina total. Todo el barrio de al Kasra, en general, se encuentra en la misma situación. Frente a la Universidad, el antiguo Palacio Real o un conjunto de piscinas, también de la época británica. Nada se mantiene en uso. Al Kashafa, estadio olímpico y único estadio de fútbol de Bagdad hasta los años 60, rodeado de checkpoints, también ofrece un estado lamentable. Huelga decir que un día laborable a las 11.00 de la mañana, todo el edificio del Departamento de Teatro de la Academia de Bellas Artes de la Universidad de Baghdad se encuentra iluminado exclusivamente por luz natural. No hay electricidad.

Nibras Al Rubaiee es la supervisora de la reconstrucción del teatro, la persona que coordina la comunicación entre los norteamericanos y la dirección de la Universidad. “El teatro es una metáfora clara de lo que sucede en todo el país”. Según Alí Kareem, que critica abiertamente el modo en que se gestionan las obras en la Universidad “los americanos llegan, dejan su dinero y no controlan el modo en que se gasta”. La supervisora trata de justificarse “el problema no es de corrupción, es de planificación. Nos dan las partidas presupuestarias cerradas y no podemos modificarlas” Ali no se deja convencer “la insonorización y el aislamiento del teatro estaban mejor con el edificio en ruinas que ahora porque los contratistas locales se ahorran el dinero en materiales y nadie fiscaliza que las obras estén bien hechas”. Ninguna institución iraquí controla la ejecución del presupuesto ni la entrega de lo pactado.“Tampoco se aportan fondos iraquíes. Esto es un gran negocio para algunos pero no tenemos ordenadores, electricidad ni mucho menos aire acondicionado. Cuando llueva, incluso podrá entrar agua en el edificio. Es una vergüenza”. Pueden observarse los acabados de la construcción. Absolutamente chapuceros. El grupo de estudiantes asiente con claridad cuando se menciona la palabra corrupción. La Coordinadora disiente. Se entabla una discusión tan intensa como abierta. Detalles y más detalles en los que es mejor perderse pero que transmiten con toda claridad una sensación inequívoca: La corrupción campa a sus anchas en las obras de reconstrucción con la que los norteamericanos tratan de ganarse, de alguna manera, los corazones de los iraquíes. Haciendo la vista gorda respecto a la claridad con la que no existe relación entre dinero desembolsado y obras realizadas.

Ali, insistiendo en el día en que se abra de nuevo el teatro, comienza a imaginarse la escenografía “colocaré a los profesores y autoridades en sillas y pediré que parte del público se siente en tumbas que situaremos en el escenario, ya que es ese el lugar actual en el que la mayoría de los iraquíes se encuentran. Este es el nuevo Irak, un lugar en el que todos hablamos al aire, con los muertos que no pueden hacer nada y los líderes que no escuchan a la población”. Bilal tercia en la improvisada tertulia que se ha iniciado entre las ruinas del teatro “Los auténticos artistas deben crear en cualquier circunstancia y situación y probablemente con mucha más intensidad en una situación como esta. Durante los peores momentos del enfrentamiento sectario podía salir a la calle y encontrarme con tres cadáveres frente a mi casa. Aún así, si había decidido que necesitaba color o pinceles, no tiraba la toalla. Nunca dejé de continuar mi vida con la mayor normalidad posible. Aunque fuera necesario esquivar a las milicias que combatían contra los norteamericanos, Assim, Ali y yo, nos encontrábamos cada mañana para llegar hasta la Universidad y continuar estudiando con el sonido de tiroteos constantes a nuestro alrededor”. Assim, que tiene 24 años pregunta “¿Cuantos años tenemos? y ¿Qué es lo que hemos conocido quienes nunca hemos salido de Irak? Guerra, hambre, destrucción y ocupación. No tenemos futuro pero aún así continuamos estudiando y creando. Arreglándonoslas para crear de la nada. Siempre rodeados de ruinas. Mira este edificio, fue una comisaría policial del Imperio Otomano que ya ocupó Irak hace décadas. Aquí seguimos, discutiendo exactamente lo mismo que nuestros padres, nuestros abuelos y bisabuelos”.

Ali recuerda que un día, su compañero de piso le pidió a un vecino que le trajese a la Universidad a hacer un examen. Cuando salían de casa, alguien se acercó por la espalda, asesinó a su vecino y siguió caminando. No se detuvo, no dijo ni una palabra, nunca nadie supo quién lo hizo ni por qué. Todos comparten historias similares. Noches enteras en las azoteas de sus casas escuchando tiroteos en las calles, temiendo que su casa fuese la siguiente en ser invadida por alguna de las muchas milicias que se disputaron Baghdad.

Se niegan a poner nombre, a buscar responsables. Los sugieren. Coinciden en señalar a ciertos grupos religiosos. Sonríen con complicidad. No realizaran acusaciones directas ante una cámara. No se significarán. Pero acaban por explicarlo: Muyahiddines y terroristas sunitas en unos barrios, combatientes extranjeros junto a ellos, frente el Ejército del Mahdi en otros. Siempre buscando la limpieza étnica de sus calles, el terror, el beneficio económico generado por la violencia, decenas de ejemplos similares, un edificio del Ministerio de Educación en el que se convalidaban títulos universitarios para estudiar en el extranjero en el centro de la ciudad, en Karrada, en el que todo el personal fue secuestrado por decenas de policías es el uno de los más significativos. – “¿Eran policías?”. – “Probablemente sí. Y si no, fue la propia policía quien les facilitó los coches y los uniformes”. Aún no han aparecido los cadáveres. – “¿Nos tomamos un zumo en el café que hay frente a la Universidad?”. Cambian rápidamente de tema. Una de las consecuencias de todo lo sucedido es que la UNESCO ha dejado de reconocer como válidos los títulos universitarios que Ali, Bilal y Assim recibirán.

Mientras tanto, ni siquiera ellos, aún siendo amigos, comparten explicación respecto a lo sucedido en 2006 y 2007 y obvian la discusión y la contraposición de hipótesis en público. Se conforman con que la calle que va desde el teatro al café, trenzada por muros de entrada y salida, es suya de nuevo “Al menos podemos desplazarnos con calma entre los edificios de las diferentes facultades. Los muros siguen aquí pero ahora los cruzamos. Cuando nos lo permiten los pintamos y colocamos nuestros posters”. Bilal tiene una anécdota que contar. “Un día caminaba con mis pinturas y una carpeta con mis dibujos, un grupo de milicianos me detuvo en plena calle. Pensé que querían matarme, pero no, me llevaron a una calle que no conocía, y me pidieron que dibujara a Muqtada Al Sadr en el muro”. – “¿Lo hiciste?” – “No.”. Se ríe y cambia nuevamente de tema. “Los huecos a través de los que se atraviesan los muros no sirven para gordos ni para embarazadas, sólo para gente delgada”. Ali explica que al final “estos Muros sólo son útiles para quienes están detrás de los mismos. Mucha gente ha muerto cuando la onda expansiva de una explosión la ha lanzado contra el hormigón” mientras continúan alternando bromas y recuerdos. Caminan con sus carpetas, como cualquier estudiante del mundo, entre facultades y cafés. Con la misma sonrisa pero una historia radicalmente diferente a la nuestra, atascados en su presente y lamentablemente, pocas posibilidades de definir su futuro. La frase más repetida de estos días, mientras grabamos entrevistas en las que casi nunca miran a cámara sino a quienes se mueven alrededor nuestro: “No te confíes nunca y no olvides que aunque parece tranquilo, en una hora todo podría torcerse de nuevo”.

Sigue viajando por Iraq: XIII. Habitantes de Bagdad ¿supervivientes o resistentes? (1/2)