Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

XI. El herrero de Khadamiye.

“En Khadamiye le debemos mucho a Hussein Al Sadr”. Salah Mahdi Al Anbari, es propietario de una herrería en la que trabajan juntos sunitas y chiítas y quiere citarle especialmente. El clérigo, uno de los más respetados de Khadamiye, es responsable, en gran medida, de que su zona de influencia no haya sufrido las consecuencias de la guerra sectaria. “Pese a pertenecer a la familia de Muqtada Al Sadr (líder de la corriente Sadr, a la que responde el Ejército del Mahdi. latente en la actualidad)

Hussein nunca se ha dejado llevar por la violencia. Incluso ha abierto un banco de donaciones de sangre al que contribuimos especialmente en estas fechas. Nosotros no derramamos nuestra sangre, la donamos. Donarla es un acto privado, no sectario. Derramarla es público, poco sincero, para que los demás lo vean. Este país ya ha derramado demasiada sangre como para seguir desperdiciándola por las calles”. No se trata de la visión de la Ashura que más se publicita en el exterior pero existe y es significativa ya que surge exactamente de las calles que rodean la mezquita y de la familia del clérigo más respetado.

“Hussein Al Sadr siempre ha dicho que quien hace la guerra desde su propia casa debe pagar un precio por ello y nos ha pedido que la guerra sectaria no entrase aquí. Hemos tratado, entre todos, de conseguirlo” afirma orgulloso Salah, el herrero, instalado en la misma calle, en el mismo local desde hace 42 años. No obstante el motivo por el que hemos venido a visitarle no es únicamente la alternativa a la sangre de la Ashura que representan las donaciones. Salah adoptó hace años a tres huérfanos que trabajan junto a él en su taller. Sunitas. En un barrio chiíta. Que nunca han abandonado ni el modo en el que rezan ni el idioma kurdo que sus padres les enseñaron antes de morir. – ¿Has tenido algún problema con ellos o con las milicias durante el período de la guerra sectaria?. – “No, ninguno. ¿Porqué iba a tenerlo? Mi familia pertenece a este barrio y nadie puede amenazarnos ni presionarnos”. Cuando Arkan, el más joven de sus hijos adoptivos, regresa de participar en las procesiones nocturnas se muestra lacónico. “-¿Problemas?. Ninguno. ¿Por qué iba a tenerlos?. Aquí vivimos todos juntos. Aquí no ha sucedido nada”. Parece que el extranjero es el único sorprendido por la historia. “No conviertas lo que para nosotros es normal es una rareza porque no lo es. Hay miles de historias que demuestran que a la mayoría de la población incluso con lo que ha sucedido aquí, no le importa lo que digan los políticos y lo que las milicias hayan hecho. Nosotros no vamos a entrar en el juego de la separación sectaria.”

Es obvio que Al Khadamiye es una de las zonas mejor conservadas de la ciudad, privilegiada tanto en servicios como en seguridad. La familia Al Sadr siempre ha representado a los clérigos racionales y humildes de Al Khadamiye. Sólo el padre de Muqtada al Sadr se mudó a Najaf, mientras el resto de los miembros del clan permanecían en su lugar de origen. El líder y máximo dirigente de la corriente Saderista, actualmente en Irán, ha sido el único miembro de la familia al que puede identificarse abiertamente como líder de un grupo implicado en la guerra sectaria, el ejército del Mahdi.

El resto, encabezados por Hussein Al Sadr, consiguió mantenerse a raya del enfrentamiento civil, evitando las imágenes de encapuchados que campaban a sus anchas sembrando el terror por las calles. “El secreto fue conseguir que la seguridad de Al Khadamiye se mantuviese en manos de un pacto con las familias locales” tercia Zaid, mi anfitrión y guía por el barrio. “Ahora son el ejército y la policía federal quienes han tomado el control. Excepto en la casa de Hussein al Sadr. Allí, pese a llevar el mismo uniforme, todos los soldados pertenecen a las familias de confianza”.

Desde la casa de Zaid, vecina a la del clérigo Saderista, fuertemente fortificada con dos checkpoints y una inmensa puerta metálica, se avanza en cualquier dirección cruzándose con Hummers del ejército iraquí cada 100 metros. Zaid Al Wardi, como comerciante, y no como profesor,  hace un mínimo recuento. “Desde el primer día se insistió en que no hubiese venganza en Khadamiye. Muchos Baazistas simplemente se fueron sin que nadie les atacase como, en cambio, sí sucedió en otro lugares. Se limitaron a cruzar el puente hacia Adhamiye, el último lugar donde Saddam se dejó ver en público. La situación era relativamente tranquila y todo se torció durante las celebraciones de la Ashura de 2004. Los americanos fueron recibidos con flores cuando llegaron a este lugar, pero, posteriormente cuando se les pidió que dejasen a los ciudadanos locales garantizar la seguridad de las celebraciones religiosas, se negaron. Hubo un atentado terrorista y la gente les tiró sus zapatos como muestra de desaprobación. El Ejército del Mahdi irrumpió en las calles y luchó contra ellos”.

Zaid habla frente al río, en el único lugar desde el cual, con tan sólo girar la cabeza a izquierda y derecha pueden verse el puente y las dos mezquitas que simbolizan la guerra que ha divido a sunitas y shiitas en Bagdad. Khadama y Adama. Khadamiye chiita y Adamiye sunita. Nos encontramos en el punto en el cual la calle Akad se cierra ante el río Tigris. “En esta calle se sitúa la mezquita de Fatah Pasha, perteneciente a los sunitas, construida al lado de lo que en su día fue una fábrica de telas. Aquí, en los años 40 y 50, empresarios chiítas empleaban a cientos de trabajadores sunitas, menos cualificados y más baratos, por aquel entonces. Esta zona acogió uno de los centros más poderosos del partido Comunista de Irak”. Nada queda ya de aquella época. En su lugar, un inmenso cartel con la foto del primer Ministro Nuri Al Maliki y los logotipos de su partido, Al Dawa. Donde antes se encontraba la fuerza de los partidos laicos dominan ahora los partidos religiosos. Aún así Zaid insiste en que Al Khadamiye, y especialmente estas calles han recobrado la vida recientemente. “Mientras antes se intercambiaban disparos de francotirador y morteros con el lado sunita del río ahora florecen las tiendas, especialmente de ropa”.

Khadamiye tiene en torno a 300.000 habitantes. Durante los años 2006 y 2007 en torno a 1000 familias chiítas, desplazadas de otras zonas de Bagdad, se establecieron aquí. Trajeron con ellos dinero, actividad económica y dinamismo comercial. La seguridad que proporcionaba el barrio actuó como revulsivo para el surgimiento de un florecimiento comercial que aún se mantiene. Así ya no es necesario desplazarse por la ciudad, territorio peligroso y complicado. Bagdad funcionó durante dos años como un conjunto de compartimentos estancos que aparentemente toca a su fin. Ya sólo quedan cerradas a la mayoría de los ciudadanos las instalaciones de seguridad, policiales y militares.

Apenas a unas decenas de metros se encuentra el antiguo cuartel de la 5º brigada del ejército iraquí. Que fue temible centro de detención de la policía secreta de Saddam. El lugar al que fue traído en helicóptero y con prisas apenas minutos antes de ser ejecutado. Ali Kareem y Zaid no se sienten cómodos entrando en lo que ahora se denomina “Camp Justice-Campamento Justicia”. Según Zaid “Saddam necesitaba que se le aplicase la mayor pena posible. Si las leyes recogen la pena de muerte, era necesario ejecutarle. Pero el modo en que sucedió fue una humillación para muchos iraquíes que lo leyeron como una mera venganza iraní. Nadie puede estar orgulloso del ahorcamiento de Saddam. Otros altos cargos del régimen baazista condenados a muerte no serán ejecutados en función de un pacto de estabilidad y respeto entre el Primer Ministro y sus socios sunitas. Es mejor no tensar la cuerda”. Zaid se refería a Ali El químico que fue, finalmente ejecutado contra todos los pronósticos, apenas 15 después de mantener esta conversación.

Una vez terminadas las fiestas de la Ashura, el General de la Policía Federal iraquí al cargo de la seguridad en la zona me ha citado para conceder el permiso de grabación en las calles bajo su mando. “Aquí se entraba para no salir más. No quiero pasar ni un minuto más de lo necesario en este recinto” dice Zaid mientras Ali se saca fotos, sorprendido, con el teléfono móvil. Nadie esperaba que la policía nos condujese directamente a las oficinas del General Dafer Al Mohamadaui que nos espera en su despacho. Resulta imposible para mis acompañantes negarse a la invitación pese a la evidente incomodidad que les supone. Dos generales en apenas 48 horas no son precisamente lo que un iraquí medio quiere encontrarse.

Ningún alto cargo de la seguridad de Bagdad rechaza un encuentro con un periodista extranjero, empeñado en jactarse de sus éxitos en materia de seguridad. “Lo primero que hicimos en cuanto los americanos nos transfirieron el control fue cambiar la ubicación de los checkpoints, que ahora son más rápidos y seguros” asegura el General en contradicción la media de hora, hora y media de espera que he tenido que soportar para entrar en Al Mansour, lugar donde se encuentra la Embajada española. “También disponemos de material más sofisticado que antes para detectar armas y explosivos”. Los iraquíes llaman al sónar que la policía y el ejército utilizan en los checkpoints “el medidor de colonias” ya que siempre detecta el frasco de colonia que casi cada conductor iraquí, coqueto, guarda en su guantera. Es probablemente lo único que detecta. “No nos afectan el calendario electoral ni las celebraciones y tenemos nuestros propios tiempos para aplicar los diversos operativos de seguridad” afirma pese a que el día después de la finalización de las fiestas de la Ashura, una vez superado el riesgo más intenso, es evidente la relajación que puede observarse en todos los puntos de control.

El general del primer cuerpo del Ejército iraquí que acaba de llegar al despacho en el que nos encontramos ofrece, amablemente, que se le acompañe en una misión antiterrorista de varios días de duración en la provincia de Diyala, actual foco de insurgencia. Se declina amablemente. Hecha la entrevista de rigor y conseguido el permiso que se buscaba, se solicita con educación visitar, en función de su interés periodístico, la sala en la que fue ejecutado Saddam Hussein. Todos me miran como si estuviese loco. Zaid responde con rapidez tratando de limitar el enfado del General. “Ya sabes como son los periodistas extranjeros, quieren verlo todo con sus propios ojos. No conocen las reglas” mientras la visita se da por concluida en tensión. “Eso ha sido un error, Alberto. Podrías haberlo estropeado todo”. Al menos había que intentarlo. No se entra todos los días en Camp Justice. Y menos a perder el tiempo. El General ha realizado una llamada telefónica para la galería en la que le ha dicho a alguien “Que dejen grabar al español”. No sirve de nada. Tarea imposible. Cada vez que la cámara salga de su bolsa, nos encontraremos, una vez más, ante las mismas preguntas e inconvenientes.

Sigue viajando por Iraq: XII. El teatro de la Academia de Bellas Artes de Baghdad (1/2)