Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

X. Cofradías y carpas. Contra los tópicos de la Ashura

Hombres que se golpean la cabeza con espadas mientras gritan y saltan rítmicamente, niños que les imitan. Sangre que corre a borbotones. Esa es la representación cuasi monolítica que del último amanecer de la Ashura, máxima festividad de los chiítas, se hace en occidente. Es necesario introducir color, preferiblemente rojo sangre, en la noticia. Si es aparentemente irracional, salvaje, violento y radical, además de musulmán, nos interesa. Porque vende. Aunque quizás no se corresponda demasiado con la realidad.

Nueve bombas que han explotado en Bagdad en cinco días, bombas que los medios han recogido, aún sin ningún testigo presencial y aunque quienes caminamos Bagdad ni siquiera las hayamos escuchado. Porque Bagdad es una ciudad inmensa en la que suceden cientos de historias al mismo tiempo, de entre las cuales sólo se cuenta siempre la misma, repetida hasta la saturación, con variaciones marginales, que tienen que ver con número de muertos y lugar. Lugares que a casi nadie dicen nada. Atribuciones repetidas y sistemáticas al macguffin del terrorismo. ¿Hay muertos? Ha sido Al Qaeda. Pese a que en Irak existen decenas de grupos diferentes que lanzan a sus militantes a inmolarse. Periodismo cuantitativo. repetitivo. Sin presencia sobre el terreno y desprovista de preguntas respecto a la vida diaria de la población y sus diferentes iniciativas, esas pequeñas historias que sólo tienen cabida cuando sobra espacio o cuando alguien se da cuenta de que hace meses no se ha mencionado la realidad de este país.

La mezquita de Al Khadam es el tercer santuario sagrado de los chiítas en Irak, tras Najaf y Kerbala. Se encuentra en la zona antigua de Al Khadamiye, al final de una ancha avenida totalmente copada por la multitud. Protegida por hasta tres niveles de muros y verjas de seguridad, ejército y policía. Es la noche del décimo día de Muharram y se celebran las grandes procesiones de penitentes cuyos ensayos he observado desde Basora hasta Bagdad y a lo largo de las últimas 48 horas aquí, en el mismo centro de los chiítas de Al Khadamiye.

Zaid Al Wardi, mi anfitrión, profesor de informática de la Universidad de Al Mustansiriya y dueño de una tienda de ropa en el barrio ha comenzado por mostrarme el árbol genealógico de su familia. Zaid pertenece a la trigésimo octava generación de descendientes directos del Imam Hussein establecidos en Khadamiye desde hace siglos. Pese a su ausencia de fe personal, se encuentra totalmente al día de los debates entre clérigos. A estas alturas todo el barrio sabe que Zaid ha invitado a un periodista extranjero a participar de las celebraciones y que este se mueve con uno de sus empleados, Ali. Se ha conseguido un acceso privilegiado. No sólo a las procesiones, sino al interior de la mezquita. Con toda la seguridad posible, al menos, que los habitantes del barrio pueden garantizarse a sí mismos, la de la familia. El acuerdo es, precisamente, no filmar la sangre de los desfiles. Detenerse y apagar la cámara en el preciso momento en que comience a manar de las cabezas de los fieles de las cuatro cofradías que aún la practican. Porque esa es la realidad pactada con las familias que mantienen la tranquilidad en Khadamiye. Esa es la noticia en este caso. Quiere evitarse la sangre como imagen paradigmática de la Ashura. Cualquier editor me despediría sabiendo que mientras “la sangre salpica” como debería titularían algunos este texto, yo guardo la cámara por respeto a la voluntad de quienes me rodean.

Tan sólo cuatro “cofradías” por utilizar un término similar al asimilable por el público hispano, de entre más de 30 establecidas estos días en Khadamiye verterán su sangre al amanecer cuando, tras largas horas de calentamiento y desfile, salga el sol y las ceremonias de la Ashura y, durante apenas un par de horas, su conmemoración del martirio del Imam Hussein, que ha durado dos semanas, lleguen a su fin. Poco antes de participar en el último amanecer he sido testigo de una discusión abierta entre clérigos y creyentes chiítas al respecto de la sangre y su uso. También de un planeamiento interesante y alternativo. Muchos están a favor de prohibirla, al menos en público, como primer paso antes de su prohibición total. En Irán ya se celebran a puerta cerrada. En Irak, según Zaid, las ceremonias de la sangre pueden estar viviendo su último año en público, y con toda seguridad, ya no se filman. Aunque aún puedan verse.

Esta misma tarde, en una de las decenas de carpas -Maukeeb- establecidas por cada “cofradía” se formuló, una vez más, la pregunta recurrente que corre en boca de todos los participantes. Uno de los asistentes le preguntaba al clérigo que daba una clase de religión “¿Nos está permitido a los musulmanes golpearnos el cuerpo con espadas?” A lo que el clérigo contestó con un evidente silencio. “¿Por qué no responde?” Se le insistió al clérigo. “Porque el propio Ali Sistani no ha respondido a esta pregunta cuando se la hemos hecho los demás”. Ali Sistani, decano de la escuela de teología chiíta más importante del mundo, situada en Najaf es la máxima autoridad para dictar doctrina. “Ali Sistani está a favor de suprimir la sangre pero aún no tiene autoridad suficiente para dictar una fatwa -edicto islámico de obligado cumplimiento- al respecto” según la opinión de Zaid y su familia.

Busco la sangre entre los miles de participantes, quizás llegan a 10.000, de los cuales no más de 500, generoso cálculo mediante, se golpean la cabeza, previamente rasurada, con espadas. Impone respeto el estado de trance en el que se sitúan antes de golpearse y durante las hora escasa en la que la sangre corre hasta cubrir sus túnicas blancas. Algunos se desmayan. Evidentemente más presos de cansancio que de dolor. Los cortes son superficiales y están milimétricamente ensayados y estudiados para no provocar más lesiones que unas pequeñas cicatrices. El resto, la inmensa mayoría, utiliza unas cadenas que penden de un palo de madera para azotarse la espalda  y desfilar en una imagen que no puedo desvincular, salvando los matices, de las celebraciones de la Semana Santa española de no hace tantos años. El público se golpea rítmicamente el pecho. Las mujeres lloran. De verdad. Con lágrimas y el mismo sentimiento que quien canta una saeta desde el balcón en la Semana Santa sevillana. En contraposición a la última y más imponente de las celebraciones, y para completar el conjunto, trato de comprender el conjunto de lo observado a lo largo de los últimos días.

Durante todo el año, las “cofradías” como he decidido bautizarlas, recaudan dinero para financiar sus carpas, situadas en cada calle. En dichas carpas se cocina durante días comida que se entregará gratis a los peregrinos. Se ofrece té a los paseantes y se imparten lecciones islámicas para hombres mujeres y niños en las que los presentes preguntan sin ningún recato a los clérigos todo tipo de cuestiones referentes a la fe. Se trata de un momento de especial dinamismo para la comunidad que acoge las celebraciones en una cultura en la que la vida nocturna se encuentra fuertemente limitada. Las calles bullen hasta altas horas de la noche, hombres y mujeres sin mayor distinción que el recato propio de la cultura local., Familias al completo pasean por entre las tiendas, comen y beben. Hablan entre sí. El público se agolpa en las aceras para observar los ensayos de la última gran celebración y tienen lugar vistosas representaciones de teatro callejero. Niños y jóvenes vestidos con suntuosos uniformes, simbolizando los ejércitos enfrentados en la batalla previa al asesinato de Hussein, caballos con sus mejores galas y los mejores actores islámicos representando en las calles los diferentes papeles del drama entre imponentes tambores y trompetas. La Ashura, desde dentro, es mucho más que sangre derramada.

Sigue viajando por Iraq: XI. El herrero de Khadamiye.