Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

VIII. Acceso a Khadamiye

El muro de hormigón de varios metros que rodea Al Khadamiye y  muchos más barrios de Bagdad se levantó para evitar la entrada de milicias externas al barrio. Si se cruzan la calle y la vía de tren A poco más de 15 metros nos encontramos con otro muro que rodea a su vez el caserío de Al Hurriya. Este se levantó, al contrario que el anterior, para evitar la salida de las milicias del barrio. Al final el encierro es mutuo.

Las milicias de Al Hurriya han sido de las más salvajes de Baghdad. Aquí, el Ejército del Mahdi expulsó prácticamente a todos los sunitas. Con crueldad. Varios de los Hummers de la policía federal iraquí que controlan la esquina de confluencia portan banderas del Imam Hussein. Insistentemente, no puede caber la más mínima duda de dónde nos encontramos y de quién controla la situación. Con uniforme ahora. En el mismo lugar en el que apenas hace año y medio lo hacían encapuchados y vestidos de negro de pies a cabeza.

Así que nadie tiene porque saber que hay un extranjero en el grupo. Zaid y Ali miran continuamente hacia los lados y cada vez que alguien pasa a la altura del lugar en el que esperamos, se callan, prudentes. “El vaso que se rompió durante la guerra sectaria sigue roto y pegado con celofán. Aunque ahora se mantenga unido, el más mínimo movimiento podría dar al traste con la situación de seguridad relativa que vivimos”. Zaid insiste en que aún no es posible confiarse y es mejor actuar con discreción.

Zaid es mi anfitrión. Profesor de Ingeniería en la Universidad Al Mustansiriya. Pluriempleado. Trabaja junto a su mujer en una cadena familiar de tiendas de ropa. Al Kuj, las llaman, con siete delegaciones en varios barrios de la ciudad, independientemente de su pertenencia sectaria. Lugares a los que desplazarse para entregar mercancía. Trayectos en los que morir por el apellido, sentencia de muerte en Bagdad durante varios años. Al igual que en su día las comunidades europeas, el libre comercio es uno de los modos a través de los que puede reconstruirse el tejido urbano según Zaid, que habla inglés perfectamente al igual que toda la familia.

Su padre vive junto a ellos, desplazado. Sabe que nunca regresará a su casa de Al Ghazalia. Un día comenzaron a desaparecer jóvenes de su calle. Semana a semana la lista aumentaba. Se trataba de un mensaje. Todos eran chiítas. No esperó ni se enfrentó a nadie. Simplemente, un día se fue con lo puesto. Corría mayo de 2007. Toda su biblioteca se quedó en la casa. No para de repetirlo. Le duele. Es profesor de economía en la misma Universidad que su hijo. Ha escrito 8 libros sobre el petróleo iraquí. No quiere hablar. Hace poco que sus antiguos vecinos le han llamado por teléfono pidiéndole permiso (informándole, en realidad) de que una familia sunita, desplazada de otro barrio, vive en su casa. No quiere cobrarles alquiler a cambio de que cuiden la casa. Tampoco se atreve a regresar para comprobar por sí mismo el estado de la vivienda. Una más de las historias de Bagdad.

Junto a Ali y Zaid, dos horas largas de espera hasta que el oficial al mando de uno de los cuatro checkpoints a través de los cuales se puede penetrar en Khadamiye se cerciora de que un extranjero está autorizado a visitar el barrio. Una vez más una palabra en inglés bastó para delatar y desatar la curiosidad de los policías. La escena sirve también para comprender que dentro del operativo de seguridad de la policía y el ejército iraquíes hay dos categorías que no se encuentran estandarizadas: el extranjero y el periodista. La mezcla de ambas supera la capacidad de tomar decisiones de cualquier oficial iraquí. Pero estamos de suerte, al menos, caminando se puede pasar. Ni coches ni bicicletas están autorizados a entrar o salir del barrio. Zaid, miembro de una familia respetada, decide no movilizar a los contactos que podrían agilizar todos los trámites. En aras, siempre, de la mayor discreción posible. Ni siquiera el camino desde el punto de control hasta la vivienda se realiza en línea recta sino dando vueltas y paseando sin orden hasta que queda claro que nadie nos sigue.

El operativo de seguridad de Baghdad ha decidido que no se permite la entrada de cámaras al recinto en el cual van a tener lugar las ceremonias finales de la Ashura en la capital -totalmente acordonado por vallas y blindado por los cuerpos de seguridad- . Si el barrio de Khadamiye se encuentra blindado por un primer control de seguridad a base de checkpoints, una vez dentro un segundo cinturón, esta vez con vallas metálicas, blinda las calles adyacentes a la mezquita por las que discurrirán las celebraciones.

El tiempo de espera siempre es suficiente para congeniar con policías tan curiosos como aburridos. El sónar con el que tratan de detectar armas y explosivos salta aleatoriamente y despierta la curiosidad de muchos. Se duda de su efectividad. Han comprado ingentes cantidades del aparato, que obliga a su operador a caminar frente a los sujetos investigados -es decir, todos- así como a inspeccionar todo lo que porten consigo. Se oyen cada vez más voces críticas respecto a su uso y su efectividad incluso entre la población. En el extranjero ya se han escrito suficientes textos demostrando su inutilidad absoluta y más allá de eso, el inmenso negocio con el que alguien se ha lucrado. Pero qué importa ese sónar que no reacciona ante mi cámara ni mis baterías cuando, sin ir más lejos, los potentes jeeps blancos de cristales tintados no se detienen en los checkpoints mientras los ciudadanos de a pie son cacheados con rigor.

La seguridad es muy relativa. Depende exclusivamente de quienes sean los que decidan hacerla saltar, de nuevo, por los aires. Especialmente cuando quienes se mueven en esos jeeps que viajan a toda velocidad y nadie para son, precisamente, algunos de los que desataron y batallaron la guerra sectaria que destrozó Baghdad en 2006, 2007 y 2008. Quizás los mismos que tratan de desatarla de nuevo en la actualidad.

En el interior de Khadamiye es prácticamente imposible sacar una cámara de su funda. Ni una sola de sus calles está libre de controles policiales. Ni una sola de sus esquinas. En el paseo frente al río, desde el cual se divisa la orilla contraria, Adhamiye, y que no llega al kilómetro de longitud, hay tres tenderetes con sus respectivos jeeps. Esa es la media a calcular. Un grupo de policías fijo, una media docena de hombres, cada 300 metros. A los que sumarles las numerosas patrullas que caminan entre los habitantes del barrio. Zaid explica que Khadamiye es una de las zonas más seguras de la capital. La seguridad democrática del nuevo Irak.

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