Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

VII. Bagdad. Picnic en Abu Noass, teatro en Al Sho’ala (2/2)

La calle Al Saydoun en Karrada, centro de Bagdad, y sus terrazas repletas de estudiantes que comen y beben zumos podría recordar a Beirut. Por primera vez, tras viajar desde Basora hasta Baghdad, las mujeres descubiertas son casi tantas como las cubiertas y los tejanos y zapatillas deportivas superan ampliamente en número a los vestidos tradicionales, mayoritarios en el sur del país. Ali Kareem, estudiante de Dirección teatral en la Academia de Bellas artes de Baghdad señala una manzana de construcciones de planta baja: “Son los locales de la comunidad homosexual de Baghdad”. – ¿Y nadie les ataca? . – “No. Ya no”. Assim y Bilal, compañeros de Ali en la Universidad y estudiantes de diseño y escultura, respectivamente, con los que se comparte terraza, aseguran que esa época ya ha terminado. Hay alcohol disponible, terrazas repletas y normalidad casi absoluta. Es parte de la libertad que lucha recuperar las calles tras casi 7 años de ocupación militar extranjera y dos años de guerra sectaria entre milicias religiosas. “Sabemos lo que puede pasar en cualquier momento. Pero también que cada vez sucede con menos frecuencia”.

Caminamos hasta Abu Noass, el paseo más transitado frente al río Tigris, en Bagdad. Allí ha sobrevivido una estatua, la del poeta que loa el amor durante el califato de Harum al Raschid. Se trata de uno de los parques más bellos y pacíficos de la ciudad y parece imposible ahora, con el aire de normalidad que se respira, que en el peor momento de la guerra sectaria que partió la ciudad en varios pedazos hace un año medio, el Ministerio de Sanidad abriese un recuento diario de cuerpos torturados y asesinados que aparecían flotando en el río, frente al lugar en el que nos sentamos a disfrutar de un pic-nic.

En la actualidad Abu Noass está ocupado una mañana cualquiera, un viernes cualquiera por pandillas de jóvenes y familias que disfrutan de la comida en alguna de las terrazas abiertas, parejas de enamorados que pasean cogidos de la mano y partidos de fútbol bajo el sol del templado invierno iraquí en los que un equipo juega con la indumentaria del Real Madrid y el contrario lo hace con la del Barcelona. Sólo rota la calma por helicópteros norteamericanos a los que nadie hace el más mínimo caso – son casi siete años de costumbre- y que despegan desde la Zona verde, situada al otro lado del río, frente a los hoteles Sheraton y Palestina, no sólo totalmente vacíos en la actualidad sino sometidos ya a mínimas medidas de seguridad. Ni siquiera es posible ver las armas -apoyadas en el interior de las cabinas- de los guardias que registran con desgana a quienes entran, cargados con mochilas, al recinto que los hoteles comparten con dos canales de televisión locales.

Ali, Bilal, Assim comen al aire libre y bromean. Felices pero sin confiarse: “No queremos que transmitas una idea equivocada, el hecho de que estés aquí con nosotros sigue sin ser normal. Eres extranjero. Así que no te separes nunca y quédate callado siempre que alguien te pregunte cualquier cosa. Déjanos hablar a nosotros” Tienen la misma edad. Entre los 20 y los 25 años. Prácticamente no recuerdan el régimen anterior. Y se sienten relativamente libres. “Nosotros no hemos podido elegir y hemos pasado casi toda nuestra vida en guerra hasta un punto en el cual dejas de pensar en ella y te limitas a vivir el día a día. Quizás tardemos un poco más de lo necesario en acabar nuestro estudios porque es necesario trabajar al mismo tiempo. Pero hacemos teatro, pintamos, vamos a exposiciones, escuchamos música y nos divertimos”.

El modo en que Ali habla de sus proyectos no difiere del modo en que podría hacerlo cualquier estudiante en cualquier otro país. Espera ilusionado a que se abra de nuevo el teatro del Colegio de Bellas Artes, a punto de ser remozado totalmente por un programa de cooperación del ejército norteamericano. Algo que no parece provocarle ninguna contradicción. “Sí, una vez les pregunté a los soldados que entraban en la Universidad por qué habían asesinado a tantas mujeres y niños iraquíes. No me respondieron. También les pregunté por qué entraban armados en la Universidad. Me respondieron que por seguridad. ¿por la vuestra o por la mía? Silencio. Sólo pienso que deberían irse cuanto antes. Sí, si quieres puedo decirte eso. Pero también que tengo miedo de lo que pueda suceder cuando se vayan. Lamentablemente, no confío en los iraquíes”.

Ali, que vivía en Kerbala, tenía 17 años cuando comenzó la guerra. “Estaba durmiendo. Oí un ruido raro, salí a la calle. Había tanques y soldados. la gente les saludaba. llamé a mis amigos. Nos sentamos frente a ellos y les miramos durante días. Nuestras familias estaban contentas porque habían derrocado a Saddam”. En su casa no se ha hablado mucho del tema. “Sé que nadie estaba dispuesto a morir por Saddam. No hubo apenas resistencia, los problemas comenzaron más tarde”. Ali se preocupa, sobre todo, por la posibilidad de llevar adelante sus montajes teatrales. El curso pasado representaron “Esperando a Godot”. Este año esperan hacer lo mismo con Fernando Arrabal. No le interesa demasiado hablar sobre la ocupación, invisible y con fecha de retirada, mientras comienza a valorar los pros y los contras de cada una de las que sueñan representar.

Bilal se refiere a la importancia de recuperar nuevamente el centro de Baghdad para la ciudadanía. ”Conocí este lugar en 2003, cuando mi padre comenzó a permitirme acompañarle a alguna de las galerías y exposiciones de arte que se celebraban en este lugar. Posteriormente, entre 2005 y 2008 era prácticamente imposible llegar hasta aquí debido a los dispositivos de la seguridad norteamericana. Desde que el ejército iraquí controla la situación podemos pasear de nuevo por Abu Noass. Sabemos que mañana podría cambiar de nuevo la situación pero confiamos en que eso no suceda”. Assim defiende la importancia de sus actividades artísticas, de sus exposiciones, de la existencia de galerías, conciertos y obras de teatro ”mucha gente piensa que quienes no tomamos las armas para luchar contra los norteamericanos somos colaboracionistas. Y no es así. Tratamos de construir nuestras vidas y nuestro país en la medida de nuestras posibilidades, no de la manera en la que nos presionan para hacerlo”.

Ninguno de los tres estudiantes junto a los que conozco en Bagdad es creyente ni practicante religioso. Ali y Bilal provienen de familias que serían descritas por los sectarios como chiítas. Assim, de un entorno sunita ”mi hermano y mi padre eran militantes clandestinos del partido comunista durante el régimen anterior, lucharon contra Saddam. Mi padre incluso luchó en Palestina y Líbano en los años 70 junto al Frente Popular para la Liberación de Palestina. Hace dos años el ejército del Mahdi entró en nuestra casa para obligarnos a abandonarla. Nos negamos. Nuestros vecinos, chiítas, nos defendieron. Tuvimos mucha suerte, pero desde entonces, yo selecciono mucho los barrios de Baghdad a los que me atrevo a ir y aquellos a los que no”.

Assim, por tanto, no acompañará a Ali, que interpreta esa misma tarde un monólogo en el Centro Cultural y de pensamiento islámico Imam Hussein de Al Sho´ala, un barrio al noroeste de Bagdad controlado por el Ejército del Mahdi. Al Sho´ala ha vivido la parte más violenta de los enfrentamientos sectarios del Distrito de Al Khadamiye, al que pertenece.

- ¿Son los clérigos y religiosos las personas con las que te sientes cómodo?

“No, de ninguna manera. En ese barrio son los asesinos. Pero es una de las pocas oportunidades que tengo de actuar frente a público. La representación de este monólogo no fue permitida aquí, en Abu Noass, por el gobierno. Y estoy empeñado en ver la reacción del público. Se llama “La bota”. Sé que a los Saderistas les gustará. Un compañero de la universidad vive allí y ha gestionado la visita”.

Apenas una llamada telefónica y media hora de espera. ”El extranjero puede venir contigo. Es bienvenido”. El aire de normalidad con el cual se propone a un periodista europeo sin ningún tipo de protección -más allá de la invitación verbal de un amigo- la visita a un feudo del Ejército del Mahdi al que hasta hace unos meses era imposible acercarse describe bien la calma relativa de la situación actual en Baghdad. Apenas 20 minutos de taxi y un par de checkpoints más. El camino hasta la entrada de Al Khadamiye es fluido y sin sobresaltos. De Khadamiye hasta Al Sho´ala, un gran jeep blanco de cristales tintados de los que no se detienen en los checkpoints. Ya no es tan fiero el león como lo pintan. Tampoco son tan duros los controles de seguridad en Bagdad. Todo depende de quien conduzca el coche, no de lo que se transporte.

Nos reciben varios líderes de la comunidad en una casa en la que se cocina abundantemente para la Ashura. La zona contrasta con el centro de Bagdad. Al Sho´ala no tiene alumbrado, la oscuridad fuera de las casas es total. Ni servicio de limpieza. El estado del barrio es lamentable. Como tantos otros barrios que hemos atravesado hay numerosas casas vacías, abandonadas y semiderruidas. También familias que viven, evidentemente, ocupando casas que no son suyas. Las huellas del desplazamiento de población son claras. Una vez en el Centro Cultural se come y se bebe té. Se reza, se visiona un vídeo que representa el martirio de Hussein y se pronuncian varios discursos de tono religioso sin entrar en ninguna consideración política. El local está atestado de hombres que murmuran al unísono versos del Corán en respuesta a las palabras de quienes presentan acto.

La representación transcurre con normalidad. Lleno a rebosar el centro, los asistentes escuchan con atención el monólogo en el que Ali le habla a una bota y se queja, frente a ella, de la violencia que la ocupación ha impuesto sobre los iraquíes, utilizando la primera persona de un exiliado en un país vecino que quiere regresar a casa pero ya no se atreve a hacerlo porque ahora tiene miedo de otros iraquíes. Aplausos. Gritos de recuerdo del martirio de Hussein, no olvidemos que el luto de la Ashura chiíta es el contexto en el que tiene lugar la representación. Alí, emocionado, cree que ha sido todo un éxito ”normalmente los religiosos no aplauden, y menos a un joven. Va contra sus hábitos culturales. Pero esta vez han aplaudido, tú mismo lo has visto. Esta es mi resistencia, explicarles que tras la violencia de la ocupación americana, ahora el problema está entre nosotros, y lo han entendido. Ellos no son inocentes. Están implicados. Y me han entendido. Esta es mi resistencia”. Nos invitan a té. se muestran acogedores y, sobre todo, curiosos. Ali no deja que me confíe. ”No respondas a demasiadas preguntas, no des detalles. No los conozco a todos, es mejor que no nos demoremos, se hace de noche, vámonos a dormir a mi casa. Es mucho más segura que el Hotel”.

Sigue viajando por Iraq: VIII. Acceso a Khadamiye