Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

VI. 40 kilos de explosivos para silenciar a una mujer (1/2)

Intissar, 29 años, es hija de Hassan Oleiwi y ha recibido 40 kilos de explosivos en la puerta de su casa. Milita por los derechos de la mujer en Najaf, la ciudad santa de los chiítas iraquíes. Trataron de amedrentarla con llamadas tan anónimas como tajantes respecto a lo que podría sucederle en cualquier momento. Recibió también decenas de amenazas en su teléfono móvil. Sin olvidarse, por supuesto, de los insultos y comentarios a los que está más que acostumbrada cuando camina por la calle.

A partir del verano de 2005 Intissar, harta de lo que veía a su alrededor, se convirtió en activista. Publicó artículos, comenzó a participar políticamente, se relacionó con organizaciones extranjeras, trató de elevar la voz de las mujeres a los órganos representativos de su ciudad y el 18 de septiembre de 2007 fue elegida responsable del Consejo de Organizaciones de la Sociedad Civil de Najaf. Fue entonces cuando alguien decidió que Intissar no debía jugar un papel en la vida pública de Najaf. No debía convertirse en ejemplo de mujer luchadora. O Sí. Pero equiparando a la mujer que lucha con la mujer muerta. Como aviso a navegantes. Y llegaron los explosivos que a punto estuvieron de llevarse por delante no solo a la propia Intissar sino a toda su familia. “Cuando sufrí el atentado lo único que hice para protegerme fue quedarme dentro de casa durante un mes para que todos pensasen que me había ido de la ciudad. Pero consiguieron que no abriésemos la Oficina de Asuntos de la Mujer que teníamos planeada. Nadie estaba dispuesto a asumir el riesgo en aquel contexto”.

Intissar ha sufrido, a lo largo de los últimos cuatro años una presión real y continuada por parte de fanáticos que, aún representando, quizás, el sentir mayoritario de la población, se consideran amenazados por una mujer que no calla y no se resigna a la islamización que vive el país. Que está dispuesta a defender sus derechos y a reivindicarse. A relacionarse, a estudiar, a trabajar, a participar en la toma de decisiones y a incidir en la vida pública. Que no acepta convertirse en una figura de negro más, tapada de pies a cabeza, anulada en su identidad.

Mientras nos preparamos para salir a la calle, Intissar continúa hablando. Se recoge el pelo. Se lo cubre con el Hiyab, desdobla su túnica negra y en un rápido movimiento envolvente repetido miles de veces, se cubre completamente, de pies a cabeza, con un tocado negro, la Abaya. La chica de mi edad en jeans y camiseta con la que ha hablado durante horas y ahora camino por la calle, se ha convertido en una sombra prácticamente irreconocible, difícil de diferenciar del resto de mujeres con las que nos cruzamos. No lo hace voluntariamente. No quiere que nadie lo piense. “Hay mujeres en Najaf para las cuales salir de casa es todo un logro. Muchas, quizás la mayoría de las mujeres de esta ciudad, ven como su mundo exterior se limita al mercado, unas horas a las semana, envueltas en la Abaya, mirando al suelo y siempre con prisas y vergüenza. Han ido a la escuela apenas lo suficiente para saber leer y escribir y el resto de su existencia se limita a vivir en una prisión, la creada por su propia familia”.

Intissar trabaja en la Liga de Mujeres Iraquíes, organización fundada en 1952 y que 57 años después del comienzo de sus actividades puede contar como su mayor logro en la ciudad de Najaf una manifestación con 17 participantes en agosto de 2005. “Quienes pasaban por delante se reían de nosotras y nos insultaban. Los soldados norteamericanos nos fotografiaban como si fuéramos animales en un zoológico y acabaron convenciéndonos para que regresásemos a nuestras casas antes de que alguien nos atacase”.

Pretendían protestar contra el artículo 41 de lo que era entonces un proyecto de Constitución para Irak. Protesta inútil. La Constitución fue aprobada y el artículo 41, que regula que todos los iraquíes son iguales ante la ley en función de su adscripción religiosa y étnica entró en vigor. Desde entonces, nada parecido al matrimonio civil, nada parecido a los matrimonios mixtos. Se acepta la posibilidad de elevar a ley civil las decisiones de los religiosos que deciden los sobre usos y costumbres de la población. Especialmente los de las mujeres. Y allanan el camino para quienes realmente manejan la realidad de lo que se puede y no se puede considerar respetable: las milicias de los partidos islámicos. Desde entonces, los sunitas se casan con sunitas en cortes sunitas. Lo mismo que los chiítas. Por supuesto que se dan excepciones. Las menos. Las valientes. Existe el contrato civil, en privado. Para los resistentes. Pero en contraste con el pasado, los matrimonios mixtos ya no son la regla, entre comunidades que han sido separadas de facto. “En Irak nunca antes se había preguntado por el origen sectario. Desde la invasión, la pertenencia sectaria se convierte en el centro de tu identidad. El gobierno y su Constitución se esfuerzan por organizar la sociedad con esa orientación” afirma indignada. Cuando se aprobó la Constitución, se estableció un período de provisionalidad de seis meses tras el cual debía ser modificada. “Han pasado ya tres años y no sólo no se modifica. Ni siquiera se aprueban las leyes para desarrollarla.”. Intissar no confía en el proceso político en marcha en Irak.

Ante la próxima convocatoria electoral, Inthissar explica cómo la ley marca que cada tercer puesto de cada lista debe estar reservado a una mujer. Al mismo tiempo, siempre existe un mecanismo para no cumplir las disposiciones aprobadas por el parlamento. “No puedo estar a favor de que se nos convierta en una cuota relegada a la tercera posición. Quiero que podamos ir en cualquier posición. Además muchas mujeres, una vez elegidas, son forzadas indirectamente a dimitir para ceder su puesto a un hombre”. No quiere darle la más mínima credibilidad a partidos como el Consejo Supremo de la Revolución Islámica, o el Partido Islámico Kurdo que, siempre según su versión, dan dinero a las familias para fomentar el uso del hijab.

“La situación de la mujer en el sur de Irak es compleja. Depende de tradiciones y hábitos sociales mucho más que de lo que digan los clérigos. Las mujeres se limitan a repetir lo que han visto hacer a sus abuelas y madres”. Matiza, tratando de que no recaiga todo el peso de la culpa en los clérigos y la religión. “Es cierto que ahora para una mayoría existe la posibilidad de estudiar, incluso en la Universidad, en los casos en que hay dinero y padres de mentalidad abierta. Pero en cuanto alguien quiere casarse se meten en casa y tienen hijos. Es prácticamente imposible que avancemos. Se nos obliga a repetir un rol en la sociedad que no puede cuestionarse. No se permite a las mujeres que se integren fuera del hogar. Para muchos maridos y padres es, simplemente, una vergüenza. Es algo inasumible porque da que hablar”. Insiste en mencionar, militantemente, la organización para la que trabaja, teóricamente independiente y apartidaria, ligada en la práctica al Partido Comunista de Irak. “Desde la Liga de Mujeres iraquíes se trabaja para cuestionar estos usos sociales y ayudar a las mujeres a que sepan lo que pueden ser, si quieren. Muchas mujeres nos entienden pero son las familias quienes no les permiten hacer nada”.

Para completar el catálogo de problemas que se sufren por el simple hecho de ser mujer incide en lo que comúnmente se conoce en Occidente como crímenes de honor, “Cuando una mujer es violada, su familia la asesina y la policía impide que preguntemos, que denunciemos” aunque también apunta que dicha práctica se restringe al ámbito rural y ha sido prácticamente erradicada de los entornos urbanos. También hay mujeres que son vendidas por sus familias para ejercer la prostitución en los países del Golfo como castigo si se ha mantenido alguna relación prematrimonial”.

“Tengo la esperanza de que la situación mejore”. Aunque es evidente que no lo cree realmente, trata de convencerse a sí misma. “La mayor debilidad de Irak radica en que tenemos un gobierno ausente más allá de lo policial y lo militar, sin suministro estable de electricidad ni agua desde hace casi 20 años pese a nadar en petróleo”. La metáfora de que los iraquíes abrirán un día el grifo de su cocina y manará petróleo mientras la población se muere de sed, repetida sistemáticamente por muchos interlocutores, es el lugar común más representativo de la desazón respecto al futuro que puede escucharse a lo largo del país. “Unas leyes insuficientes, que no se desarrollan porque ningún partido puede pensar en el interés general y una sociedad que no quiere escuchar, acostumbrada a décadas de dictadura y guerra. La palabra democracia en Irak no tiene significado”.

Mientras continúa explicándose comienza a juguetear con su bolso. Finalmente lo abre y salen de él un paquete de pañuelos, un teléfono y un revólver. Juguetea con él como con cualquier otro objeto. Intissar camina armada por la calle. No piensa dejarse amedrentar por las milicias. No piensa dejarse asesinar. No, al menos, sin defenderse.

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