Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

V. Najaf. El Monstruo que ¿duerme?

Ocho checkpoints en 120 kilómetros, la distancia que separa Rumaitha de Najaf. Ni una sola pregunta. Policía y ejército iraquíes en perfecto (o aparente) control de la situación. Paradas turísticas incluso. La carretera, escoltada por oasis de palmeras, rumbo a Babilonia, en contraste con la desértica ruta recorrida desde Basora hacia el norte. Más camellos y beduinos por los que ni tiempo ni guerras pasan. Más mezquitas de parada y fonda para viajeros y peregrinos. Ni un solo hombre armado sin uniforme. Al menos a la vista. Miradas de sorpresa. No son muy comunes los extranjeros por estos lares. Pese a todo. Bienvenida generalizada. Té y más té. Ningún problema. Definitivamente el sur de Irak no se corresponde, para el extranjero, con el imaginario utilizado para representarlo. Sólo podrían morder los perros salvajes. Y durante el día se esconden.

En un abrir y cerrar de ojos, Najaf. Grande y bulliciosa, imponente hospital en construcción a la entrada de la ciudad. Más carreteras correctamente asfaltadas que las recorridas en la región de Muthana (Samawa y Rumaitha). Las banderas con el imponente rostro del Iman Hussein -ojos perfilados, afilada barba y una mezcla de colores más propia de la portada de un disco pop que de la iconografía religiosa al uso- que aumentan de número y prácticamente tapan las fachadas de comercios y casas. Siempre  que se obvie el modelo de banderola alternativo, en el que su cabeza aparece cortada y clavada en una lanza -menos habitual aunque también presente- o el del bebé con una flecha clavada en el pecho y en brazos de una mujer doliente a la que no se le ve el rostro. Y que no parece el ideal para fomentar la participación infantil en la celebración. Masiva. Junto a los tambores, trompetas, y gritos de hombres que se golpean la espalda y agitan espadas al aire. Son sólo desfiles de ensayo de la Ashura pero el conjunto adquiere ya un tono denso, sentido, de luto colectivo. Tamizado por los dulces que se reparten en las calles y a los que es, obviamente, imposible negarse.

La hospitalidad en Najaf proviene de Hassan Olaiwi, maestro retirado, miembro del residual Partido Comunista de Irak (dos diputados en el parlamento). Perseguido por el régimen de Saddam, del que tuvo que esconderse varios años dejando a su familia al cuidado de parientes cercanos y bombardeado en su propia casa por el activismo de sus dos hijas, Thuwar (Revolución) de 27 años e Intissar (Victoria) de 29. Lo primero que enseña, junto a los daños provocados por la explosión, dos rifles de asalto que esconde bajo la televisión. Nunca los ha utilizado. Porque el ataque provino de cuarenta kilos de explosivos que, pese a estar mal colocados, reventaron el portón de la vivienda y todos sus cristales, enviando metralla contra las paredes de varias de las habitaciones, fracturando una de las columnas que sostiene el segundo piso y provocando grietas, mal que bien reparadas en espera de tiempos mejores. “Si se hubieran atrevido atacarnos de verdad nos habríamos defendido, pero esa bomba en la puerta, con toda mi familia en el interior, es de cobardes. ¿Qué culpa tienen los niños?. Son problemas de adultos, que nos dejen defendernos y que den la cara si tienen problemas con nosotros, pero no pueden atacar a una familia entera con un explosivo de ese tamaño”.

Hassan Olaiwi es pesimista. Piensa que la calma actual es relativa y, sobre todo, temporal. Sabe que quienes les atacaron debido al activismo de sus hijas son, ahora, con casi total certeza, miembros de la policía, refugio temporal de las milicias islamistas que sembraron el terror en 2006, 2007 y 2008. Los llama el “monstruo que duerme”.

Como siempre en Irak “las cosas se saben pero no se dicen, y menos a los extranjeros. Aquí tenemos otros mecanismos para solucionar nuestros problemas”. Y no se refiere a una u otra fuerza política. Cuando una familia es atacada en Irak, en muchas ocasiones las víctimas podrían reconocer a sus agresores, encontrándoselos al día siguiente por la calle en total impunidad y sin posibilidad de recurrir a un sistema judicial o policial en el que no pueden confiar.

Hassan cree que el precio a pagar por el derrocamiento de la dictadura ha sido demasiado alto. Y que la situación actual no es mejor, sino peor. La democracia no cuaja. Cuando pasen las próximas elecciones (marzo de 2010) y los norteamericanos se retiren totalmente, es probable que estalle la guerra de nuevo. “La próxima guerra será peor que las anteriores porque durante estos últimos años todos nos hemos identificado y posicionado en diferentes sectores, así que ahora no hay marcha atrás posible. Quienes no aceptan las reglas del juego, si no vencen pacíficamente, intentarán hacerlo de nuevo con las armas, incluso sin quitarse los uniformes de ejército y policía que visten. Así ha sido siempre en Irak y así será siempre”.

- ¿No cree que el cambio haya sido positivo?

“No pensábamos que fuese a suceder todo esto. Yo odiaba a Saddam Hussein. Pero el modo en que lo colgaron, el primer día del Eid (festividad musulmana) fue una humillación para Irak, una obra de teatro cruel, una venganza iraní. Creíamos que tras la ocupación extranjera vendrían iraquíes desde el exterior con un plan claro. Era necesario derrocar al régimen, pero no nos consultaron nunca. Los iraquíes progresistas y laicos no querían que hubiera una ocupación pero nunca pudieron ponerse de acuerdo. El resultado ha sido una coalición temporal de intereses entre los americanos y los islamistas, diseñando sus juegos de poder partidista, sin preocuparse realmente por los iraquíes ni por Irak. Un desastre. Seis años de guerra, un país que ya no puede llamarse así y que son, en realidad, tres zonas cada vez más aisladas entre sí. Yo no puedo viajar a Diyala o Anbar y alguien del centro del país no puede viajar a visitarme a mí. Así es como se ha pacificado la situación, dividiendo e incomunicando el país. Irak es un invento, es irreal. Se ha creado una democracia étnica”.

¿Cual fue, entonces, el error?

“El error fue la táctica militar utilizada cuando la ocupación decidió que solo se podía contar con los islamistas para liberar el país y que ninguna otra fuerza tenia capacidad para hacerlo. Irán apoyo durante muchos años una plataforma para tomar el control de Irak, debilitándolo como país, y los Estados Unidos se han aprovechado temporalmente de la debilidad y división interna para extraer sus propios beneficios. Cuando destruyeron toda la estructura estatal lo hicieron conscientemente, a sabiendas de que abrían espacio al sectarismo islamista. Nunca han querido luchar realmente contra ellos. Lucharon contra el Baaz hasta terminar con él, pero no quisieron luchar contra los religiosos. Finalmente han sido estos los que han triunfado”.

¿Qué se puede esperar de lo que suceda en el futuro próximo?

“America se irá en breve de Irak, prácticamente ya no se nota su presencia.  ¿Cual será entonces nuestro destino? Ellos mantienen un cierto orden a través de la ocupación. Cuando se vayan se instalará de nuevo el caos. Los iraquíes ante todo somos nacionalistas y la influencia que Iran esta ganando en el país es para asustarse. Una cosa es la tradición cultural o religiosa chiíta que aquí, en el sur, compartimos, otra cosa es la forma de gobierno y la independencia nacional. El Consejo Supremo de la Revolución Islámica y el partido Badr están a las ordenes de Irán y en cualquier momento se volverán contra el gobierno. El partido de Al Maliki (Dawa) es débil y se limita a aplicar las órdenes norteamericanas, los saderistas han cambiado varias veces de posición y volverán a hacerlo, los kurdos son cada vez más fuertes y los sunitas no van a entregarse sin luchar. Están simplemente a la espera, reagrupándose, reorganizándose. Yo no acepto la ocupación, nadie debería aceptarla. Pero todas las milicias están esperando a que los norteamericanos se vayan para regresar a su lucha por el poder. Irak será nuevamente Líbano multiplicado por tres. Es cuestión de tiempo”.

- ¿Donde radica el problema al que dirigirse para buscar alguna mejora de la situación?

“No habrá paz interna hasta que las milicias chiitas no acepten las reglas del juego político democrático y los antiguos baazistas regresen de algún modo a la vida pública, con una constitución que se respete y un parlamento fuerte. Los iraquíes son emocionales. El sectarismo existe desde siempre. Si se suma un factor externo, la ocupación, y líderes armados, dispuestos a defender intereses particulares a cualquier precio, comienza una carnicería. Nadie quiere pensar en el interés general. Sólo se piensa en el de su grupo, su tribu, su pueblo, su región. País o Estado son conceptos ajenos a Irak. Si la situación ha mejorado es porque la gente dijo basta y presionó para detener a las milicias. Pero lo que el ejército del Mahdi les hizo a los sunitas en Baghdad no se puede olvidar y lo que los propios chiítas se han hecho entre ellos en Basora es difícil de entender. Irak es un “ring” de boxeo. De vez en cuando devuelve algunos puñetazos, pero ya desde el suelo. En KO técnico, derrotado. Trata de levantarse aunque todo el publico sabe que no puede hacerlo. Al menos en este combate, Nada bueno puede suceder”.


Hablar con iraquíes supone tratar de desprenderse de las etiquetas con las que cada uno de ellos en función de su edad, localización geográfica, relación con el régimen anterior, creencia religiosa o nivel de perjuicio provocado por la ocupación trata de identificar, casi siempre, al culpable. La descripción de la situación, para quien busque líneas-fuerza comunes, es sorprendentemente pareja, difiriendo prácticamente sólo en la adjetivación. Donde uno se convierte en criminal y su vecino en víctima, se cruza una calle y se invierten los papeles, casi siempre con un relato estructurado sobre similares premisas, con similares factores desencadenantes, acontecimientos y consecuencias. Motivaciones que casi siempre se hunden en un recóndito pasado del que es mejor no hablar, deslizándose por la venganza y concluyendo en muerte y vuelta a empezar.

En palabras de Thuwar, hija de Hassan, “Najaf se encuentra divida en dos partes, la de la mezquita de Koufa, controlada por el Ejército del Mahdi y el resto de la ciudad, bajo control de la milicia de Al Badr (Consejo Supremo de la Revolución Islámica). Es una situación anormal y que no responde a la realidad. Que dificulta nuestra vida”. Su hermana Inthissar matiza “no olvides el partido Al Dawa, de Al Maliki, atrapado entre la milicia Sadr y la milicia Badr”. Esto es Najaf. Donde la tarta se reparte, a tiros, entre fuerzas confesionales chiítas.

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