Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

IX. De paseo con el General Qassem Atta

Los 14 guardaespaldas de Quassem Atta, General del ejército iraquí y portavoz del plan de seguridad del gobierno para Bagdad, están agotados. Mientras unos fuman, otros, sin chalecos antibalas ni cascos, duermen recostados en sus sillas. Con cara de saberse lección, las más disciplinados miran en la televisión la entrevista que le hacen en directo a su jefe. Los dicharacheros se enfrascan en una absurda polémica que trata de comparar la relación del Kurdistan iraquí con Bagdad y la de Cataluña con Madrid. Ha terminado la entrevista. Y las bromas. La sala de espera del canal de televisión Al Salam en Khadamiye se pone en pie y en silencio. Tensa. Preparadas las armas, los cascos y los chalecos, los soldados regresan al trabajo.

El General acaba de anunciar, en directo y sin que su escolta se lo esperase, que va a atravesar Al Khadamiye caminando para demostrar que confía en sus hombres y en el plan de seguridad diseñado para proteger las celebraciones de la Ashura. Al mismo tiempo, quiere mostrar su solidaridad con los habitantes del barrio. O darse un baño de multitudes. Tan sólo ayer, el dispositivo de seguridad detuvo a dos terroristas preparados para inmolarse entre la multitud. Aunque se prevé que no fueran los únicos, es posible que la detención haya evitado una masacre.

Se forma un cordón de seguridad en torno al General. Hombres fuertemente armados y con el dedo en el gatillo. El más agudo de todos ellos, el único capaz de mantener una conversación fluida en inglés, su secretario, no deja pasar la oportunidad de lucirse ante el extranjero ¿Quieres acompañarnos?. Es el único modo de traspasar los checkpoints que cierran la parte antigua de Khadamiye. El periodista no lo duda y se pone en marcha. La cámara, que tantas veces se convierte en impedimento, se convierte en esta ocasión en llave de entrada a unas celebraciones vetadas a la prensa por motivos de seguridad. Ningún periodista está autorizado a filmar dentro del recinto. Dos días de intentos en vano acaban de ser superados por una mezcla de casualidad y persistencia.

Los viandantes se separan y hacen espacio ante la comitiva. El General saluda con la mano derecha en alto, movimiento tan lento como rítmico y artificial, en escena que remite al blanco y negro de antiguos NODOS. El General se acerca a los ancianos que le ofrecen té, el General remueve la sopa, el general alborota el pelo de algún niño con cara de susto. Ni su bigote ni el uniforme, ni la boina difieren de imágenes más propias del régimen anterior. De cualquier régimen gobernado por militares. Sin tiempo para quitarse el maquillaje del estudio de televisión, su cara, gesto recio, se erige en impasible y ausente muñeco de cera. No es seguro caminar junto a él, rodeado de su escolta. Podríamos ser víctima del ataque que todo el mundo teme. Se improvisa una pequeña entrevista con el objetivo de separarse de la comitiva lo antes posible. “Confiamos en el plan de seguridad diseñado. El sistema de tres anillos de seguridad de dureza progresiva en torno a la mezquita tiene que dar resultado por más que sabemos que intentarán destrozarlo como prueba la detención de dos terroristas suicidas. pero yo no soy un político sino un combatiente y a mí no me sirven las palabras. Yo doy ejemplo con los actos. Lanzo, con mi presencia en este lugar, un mensaje a quienes desestabilizan el país: todos estamos implicados en garantizar la seguridad de los habitantes de Bagdad”.

Sus hombres miran en todas las direcciones y tratan de mantener a la multitud a una distancia prudencial. Es cuestión de minutos que se vean rebasados. Decenas de personas fotografían al general con sus teléfonos móviles. También le aplauden. Es difícil dudar de su valor personal. “Sé que estos 14 soldados no pueden protegerme. Si hemos cometido algún error con la seguridad, puedo pagar con mi vida al igual que cualquiera de los presentes. No son mis hombres quienes me protegen, sino los cientos de miles de ciudadanos que vienen a mostrar su dolor por el sacrificio de Hussein en la festividad de la Ashura quienes están junto a mí. Yo lucho, 24 horas al día, junto a los habitantes de Bagdad, por recobrar la seguridad y avanzar. Sin miedo. Los terroristas han perdido la batalla. sería una vergüenza que yo no abandonase mi coche blindado y no caminase por las calles”.

Buenas noches y buena suerte, mi General. Ali, que ha iluminado la escena con la pequeña linterna de su teléfono móvil, ríe irónico y repite un proverbio tradicional “las palabras que se dicen por la noche son como la mantequilla sobre el pan, en cuanto salga el sol, se derretirán”.

Mientras la comitiva se adentra aún más en la multitud y quienes nos alejamos respiramos un poco más tranquilos se forma un improvisado debate. Según Zaid Al Wardi “Todos sabemos que el plan de seguridad, si bien ha reducido los atentados, no puede terminar con ellos. Es imposible blindar Al Khadamiye. Es demasiado grande. Los terroristas que detuvieron ayer estaban dentro del barrio, habían sorteado los controles. queda mucho tiempo aún hasta que podamos descartar los atentados como parte de nuestra vida diaria”. Ali Kareem asegura que la solución no pasa por enviar a 3000 soldados y policías al barrio durante una semana. Un sólo terrorista puede destrozar toda la celebración. Hay que desmantelar las organizaciones que sirguen atentado contra iraquíes. Hace muchos meses que ningún soldado americano entra en el barrio. Nadie podría tener la más mínima justificación para seguir asesinando iraquíes. Adhamiye se encuentra apenas a unos cientos de metros, al otro lado del río. Hace un año se intercambiaban proyectiles de mortero entre las dos riberas del río. No quieren decirlo explícitamente pero se entiende que creen que allí es donde radica el problema.

Si se mira desde Khadamiye.

Cruzar el río y el razonamiento sería el inverso.

Sigue viajando por Iraq: X. Cofradías y carpas. Contra los tópicos de la Ashura