Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

IV. Rumaitha. Se discute la situación de los Baazistas (1/2)

Cementerios de chatarra militar. Para que nadie olvide el pasado. Petróleo y gas ardiendo en la distancia, brumosa, del invierno en diciembre, gris. Un muro de lluvia que se atraviesa y tras el cual no se encuentra otro país, como podría soñarse, sino una interminable, previsible y eterna sucesión de checkpoints del ejército iraquí.

De Basora hacia el norte, Nassiriya. Los controles militares no son decorado, ni broma. Apenas una mirada y el extranjero, indisimulado en su aspecto y pese a su continuo silencio y evasiva mirada, debe salir una y otra vez del coche mientras sus acompañantes dan explicaciones, muestran papeles, abren bolsas y mochilas. Apenas unos minutos y se ha llamado la atención, despertado la curiosidad. Miran. Toman nota de nombres, números de teléfono, matrícula, origen y destino del viaje. Se comunican entre sí. El siguiente checkpoint nos espera, avisado, y se repite la rutina. Un helicóptero de transporte norteamericano atraviesa el cielo. Vuela bajo. Por si tras dos horas de carretera y varios días en Basora alguien se había olvidado de que siguen aquí.

Autopista de dos sentidos, tres carriles en cada dirección se circula frente al aeropuerto militar de Al Imam Alí, construido por régimen de Saddam, ahora en manos del ejército norteamericano. Un convoy atraviesa lentamente tres de los carriles. Camiones de transporte. El cuarto carril, ya en sentido contrario, ocupado por seguridad. La escolta no falla. Los coches iraquíes se detienen obligatoriamente, arrinconados contra la cuneta. En la distancia, camellos y beduinos en orientalista estampa ocupada les ignoran. Una hora perdida. Silencio. Nadie mira a los militares. Tan sólo esperan seguir su camino. “Cuando hay que coger un avión o viajar por un cita, siempre hay planearlo todo con un día extra, por el tiempo que nos hacen perder. Esta vez sólo ha sido una hora, pero yo he estado esperando hasta ocho. Sin ninguna explicación”. Raisan Abu Ali, conductor acostumbrado a la ruta evita soltar un planfleto, parco en palabras, pero ha dejado clara su posición.

A la derecha, Nassiriya, hacia el norte, Baghdad. A la izquierda enfilamos Samawa, punto de paso obligado en dirección a Najaf. A toda velocidad, el coche sobrepasa decenas de peregrinos que caminan con banderas negras. En Irak hay tantas posibilidades de morir en un accidente de tráfico como en un atentado. En Batha, una aldea de apenas unos cientos de habitantes, la mezquita acoge a los peregrinos. Todas las mezquitas lo hacen. Comida, bebida, rezo y descanso. Les quedan tres o cuatro días de camino hasta la ciudad santa. El Imam pide limosna entre rezo y rezo para reparar la mezquita. Té y no más de 15 minutos en cada lugar. A continuación, Warka, último oasis de palmeras hasta la entrada de Samawa donde una imponente fábrica de cemento que la contamina da la bienvenida a los viajeros. Rota la rutina, papeles y explicaciones ya no son suficientes. Abdullah Al Maliki es reclamado a un aparte más largo de lo habitual. Ha costado 50 dólares. Se indignan. Mejor no discutir. Raisan y Abdullah le juran a Dios durante varios minutos con ampulosos gestos de indignación. Es la primera, pero no sería la última vez que los billetes evitan innecesarias horas de espera en un punto de control policial.

Samawa y finalmente, a unos 30 kilómetros, Rumaitha. 450 kilómetros al norte de Basora. Un pueblo, reventado, prácticamente sin asfalto y, como el resto, con electricidad intermitente. Ha llovido y se avanza a través de un auténtico lodazal de barro mezclado con basura. Ali Karim Shaib. Funcionario en el Ministerio de Medio Ambiente nos espera frente a la antigua comisaría de la ocupación británica, asilo de ancianos y librería islámica en la actualidad. “Bienvenidos a Rumaitha”.


Kareem Bidash, alcalde de la villa, de unos 12.000 habitantes, tiene prisa por recibir al extranjero y transmitir sus puntos de vista. Nos cita a la salida de su clase de inglés en la única academia de la zona. Hamed, su dueño, ha sido traductor del ejército norteamericano durante dos años y prefirió establecerse como profesor de idiomas con el dinero ahorrado (1.400 dólares al mes) antes que emigrar a los Estados Unidos. Habla como un soldado “-¿Sabes?, ¿lo pillas?”. Es tan simpático como el americano medio, tan acogedor como el iraquí medio. Donde muchos verían la tradicional figura del colaboracionista, se encuentra, en cambio, un joven que ha conseguido salir de la pobreza, establecerse por su cuenta, y que se niega a recordar la experiencia vivida. No responde a preguntas relacionadas con lo que vio e hizo durante su servicio.

-¿No tienes miedo de que hablen mal de ti por haber trabajado para los americanos?

-”No, porque todos saben que lo hacemos sólo por el dinero. Si más gente hablase inglés habría colas a las puertas de sus campamentos”. Ali Shaib asiente “yo tengo varios amigos que lo hacen y todos te dirán lo mismo, lo prometo. Sólo por el dinero”. - ¿Te ha contado alguna historia? “No. Nunca ha hablado con nosotros de lo que hacían. Incluso su familia abandonó el pueblo por miedo por temor a ser represaliados. Pero ahora la situación es diferente, ya no hay problema al respecto”.

El alcalde, ávido de practicar el inglés que aprende, tercia relatando su viaje de un mes a Estados Unidos a participar un seminario para cargos electos iraquíes de cara a las elecciones. “Estos jóvenes están despolitizados. Ellos no recuerdan cómo era la vida bajo el régimen anterior y no son conscientes de que los americanos han cumplido su palabra, vinieron, derrocaron a Saddam y ahora se van a ir tras establecer un nuevo régimen”. Mi anfitrión Ali, que se dedica a la medición y estudio de las zonas contaminadas con uranio durante los bombardeos norteamericanos para el Ministerio de Medio Ambiente, añade que “también han traído algo de contaminación nuclear y muchos muertos” lo que Ahmed justifica. La cercana ciudad de Samawa está contaminada porque “Saddam Hussein la llenó de soldados sabiendo que sería bombardeada”.

Ali Shaib recuerda “yo era estudiante de física en Bagdad. Tres días antes de comenzar la guerra decidí volver a casa porque era más seguro. Comenzaron los bombardeos y perdimos conexión con el mundo exterior. Una noche me acosté con el ejército de Saddam en la puerta y a la mañana siguiente me levanté con un soldado norteamericano en su lugar. Le di los buenos días y él me respondió con una sonrisa. En mi calle les dimos agua y comida. Les invitamos a beber té. Estábamos contentos. Los Baazistas se habían ido”.

-”¿Eres consciente de que esa no es la versión canónica?”.

-”Por supuesto. Pero es lo que sucedió. Luego las cosas cambiaron, obviamente. Pero en este pueblo, nunca hemos tenido ningún problema con ellos. Muchos de nosotros hemos trabajado con ellos en un momento u otro. Hace ya más de seis meses que no han pasado por aquí. Aquí no ha habido resistencia, ni explosiones ni registros. Ningún soldado extranjero ha entrado en nuestras casas”

-¿Y qué ha sido de los Baazistas? – “unos están muertos, otros en Siria o Jordania y otros se han quedado encerrados en casa para siempre. Saben que no pueden salir”. – ¿Qué significa que no pueden salir? – “El primer día tuvieron miedo de la reacción de la gente, el segundo también, el tercero más, y poco a poco, han pasado seis años”. -¿Es posible hablar con ellos? -No, mucha gente no sabe que están en sus casas, están escondidos. Si se supiese que algunos siguen en sus casas, les matarían inmediatamente. Yo visité a uno hace poco tiempo porque era amigo de mi padre y sé que necesitan ayuda pero no puedo llevarte a donde está, si alguien le descubre le mataría”.

Le pregunto al alcalde si cree posible la reconciliación con los sunitas y los supervivientes del antiguo régimen, en tanto miembro del Partido del gobierno Al Dawa y político más votado del pueblo. “El partido Baaz debería ser legalizado de nuevo y debería participar del proceso político. Son parte de la población. Todos los profesionales e intelectuales del partido que no tengan las manos manchadas de sangre deberían regresar a sus puestos y reincorporarse a la administración. Por ejemplo, la mayoría de los diplomáticos y muchos profesores universitarios. Es lo mejor para el país. Integrar a los que piensan diferente en el sistema democrático y no mantenerlos en la clandestinidad y las armas. Toma el ejemplo del Ejército del Mahdi, antes eran una milicia feroz, ahora son un partido político más (Saderistas), y no precisamente quienes están desestabilizando al país. Definitivamente mi opinión es que el Partido Baaz debería ser legalizado y reincorporado al Parlamento. La democracia Iraquí se haría más fuerte”.

El alcalde de un pequeño pueblo puede permitirse expresar opiniones como esta, que no son compartidas por los miembros del gobierno, pero han sido escuchadas en repetidas ocasiones a lo largo de estas semanas. A medida que aumenta el nivel de responsabilidad decrece la relación entre posicionamientos políticos de la ciudadanía y decisiones en consecuencia del régimen político existente.

La primera semana de enero de 2010, la Comisión de Justicia y Responsabilidad, reunida en Baghdad con el cometido de seleccionar a quienes pueden incorporarse al proceso político iraquí de cara a las elecciones del 7 de marzo prohibió presentarse a las elecciones a más de 500 candidatos bajo la acusación de pertenecer al antiguo Partido Baaz. Sea cierta o no su pertenencia, la voluntad de integrarse en el juego político es, en opinión del Alcalde de Rumeitha, de Ali Shaib y de Ahmed, el ex-traductor de las tropas americanas, la única solución posible para avanzar por el camino de la reconciliación.

La cuestión es que muchos de los candidatos a los que se pretendía impedir concurrir a las elecciones no eran, como podría imaginarse, miembros del antiguo régimen sino altos cargos y diputados, rivales políticos del Primer Ministro, Nuri Al Maliki. En el Irak actual, incluso las leyes de reconciliación con el pasado se utilizan, casi siempre, para la defensa de intereses privados.

200 muertos y cuatro cadenas de atentados suicidas más tarde, dirigidos directamente contra peregrinos chiítas o centros simbólicos de la imagen de seguridad que pretenderse transmitirse respecto a Bagdad, y cuando ni siquiera había pasado un mes desde la decisión tomada, visita del Vicepresidente norteamericano mediante, la Comisión electoral revirtió la prohibición para muchos de los candidatos vetados y finalmente participaron del proceso electoral.

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