Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

III. Contra el sectarismo en Basora

Ali Niazi es el responsable de la Asociación de Estudiantes en Lucha de la Universidad de Basora. Tiene 23 años y estudia Administración de Empresas. Tiene claro que en unos meses, en cuanto se gradúe, tratará de emigrar a Europa o a Estados Unidos. “Para entrar a trabajar en la Compañía de Petróleo del Sur de Irak es necesario pagar. Un ingeniero puede ganar unos 1.800 dólares al mes y el puesto cuesta unos 20.000 dólares. Se amortiza bien ¿pero quien tiene esa cantidad de dinero para sobornar a algún miembro del gobierno de la provincia?”.

Dicha práctica, denominada “Raswa” es de uso habitual. Asegura que el mismo problema es extensivo al resto de puestos de la administración -mientras sus compañeros asienten unánimemente-. “En la mayoría de los casos cada departamento está controlado por un partido o una familia que lo exprimen como el mejor de sus recursos”. Y no está de acuerdo con que todo el debate político iraquí gire en torno a la seguridad. “El principal problema de Irak es el control sectario de la administración, especialmente por parte de los partidos islámicos”. Hoy en día cualquier organización que se establezca en algún sector de la vida pública no es más que un brazo extendido de alguno de los partidos religiosos. “El sindicato de estudiantes que hemos tratado de levantar desde 2005 fue prohibido en marzo de 2007. Enviaron a la policía a cerrar nuestras oficinas y no nos dieron ninguna explicación A los pocos meses se habían establecido en la Universidad, con todos los medios posibles, la Unión de Estudiantes Musulmanes  de la corriente Al Sadr y “los elegidos” del Consejo Supremo islámico iraquí. Los laicos no podemos siquiera movernos”. La amenaza es demasiado seria, especialmente tras la experiencia de la guerra sectaria desatada en 2006 y 2007 y que ha tenido como principal consecuencia política la instauración de un miedo absoluto entre la sociedad civil. “Sabemos con quienes hablamos y lo que nos harían si tratásemos de desobedecer con demasiada insistencia. Aún así estamos tratando de levantar un sindicato de estudiantes laico desde el Kurdistan hasta el sur. Irak necesita de organizaciones que no estén basadas en una sola provincia o una sola creencia religiosa. Si no conseguimos sustituir el sectarismo actual por una sociedad civil fuerte, Irak no tendrá ningún futuro más allá de la guerra”.

Sonríe cuando se le pide confirmación ante la evidencia. Sentados en una terraza bebiendo café, hablando en inglés y con una cámara sobre la mesa está claro que está dando una entrevista y que nadie se lo impide. Un checkpoint a nuestra espalda da una cierta sensación de que ninguna milicia irrumpirá en la ciudad. “45.000 soldados y 17.000 policías en una ciudad de 2,7 millones de habitantes son la mejor demostración de que en este país no hay seguridad sino excesivo uso de la fuerza. Basora es un campo militar. Absolutamente militarizado. El mismo día que se retire el ejército de las calles, las milicias volverán a tomar el control”. Según Alí la decisión 91, tomada por el Primer Ministro Al Maliki, utilizó  Basora como laboratorio de su plan de seguridad pero “esos soldados del checkpoint, bajo la bandera de Hussein (santo mártir de los chiítas) volverán a depositar el control ante sus líderes religiosos el día que estos lo decidan. Son milicianos disfrazados. Antes mataban encapuchados y ahora se ha redactado una ley y garantizado un salario para legalizarles”.

Ali Niazi es uno de los participantes en una reunión informal en casa de Ali Awnofel, Director de la organización de Derechos Humanos Shat Al Arab. Bajo la apariencia de una reunión de ong´s para conocerse y discutir asuntos de interés común, Rasool Alhosond, recién llegado de Baghdad como delegado para Basora del Acuerdo Nacional Iraquí, partido del ex Primer Ministro Iyad Alaui, trata de congraciarse con organizaciones laicas, sindicatos y ong´. “Pensamos que puede radicalizarse la violencia en estos meses. Especialmente en Basora tememos que Fadila y el Ejército del Mahdi vuelvan a disputarse la ciudad y dudamos que el gobierno de Al Maliki, del partido Dawa, pueda controlar la situación si eso sucede. Ellos, los partidos religiosos, no quieren reconstruir la sociedad sino posicionarse para defender sus intereses particulares”.

Según el representante del Acuerdo Nacional Iraquí, el pacto actual entre las milicias y el gobierno es muy inestable ya que Al Maliki recibe cada vez más presiones desde el exterior para cumplir la ley y acabar con la impunidad, tensionando sus pactos con las milicias, a las que, en la práctica, está traicionando. “Nosotros sólo le apoyaríamos si demuestra que es capaz de desvincularse definitivamente de los sectores religiosos y comienza a pensar en el conjunto de los iraquíes”. El conjunto de participantes en el encuentro son muy escépticos respecto a cualquier posibilidad de mejora de la situación y se atribuyen, en tanto sociedad civil, la responsabilidad del fin de la guerra sectaria. “Han sido los ciudadanos los que han detenido la violencia de sectaria porque estaban hartos, porque no la entendían porque nunca hemos entendido de dónde salía, quienes eran los que desarrollaban las masacres y porque el ejército no hacía nada para detenerles.”

Tanto los miembros del Sindicato de trabajadores del Petróleo como los demás representantes de las organizaciones presentes concuerdan en que el período de Alaui como Primer Ministro fue quizás el de mayor ebullición de la sociedad civil iraquí, antes del estallido de la guerra civil sectaria. Por más que nominalmente se ratifique e insista en la independencia frente a los partidos, las organizaciones presentes coinciden en algún tipo de mal menor o realpolitik. “El único modo de acabar con el sectarismo de los partidos islámicos chiítas es apoyar a Alaui. Él es el único que nos demostró que sabía llegar a pactos. Si durante su gobierno no había tanta violencia fue debido a que supo pactar incluso con oficiales y expertos del régimen de Saddam y frenar a los terroristas extranjeros que se infiltraban en Irak” afirma Hassam Jumah, Presidente del Sindicato del Petróleo no sin gran escepticismo e ironía. El concepto de mal menor se repite sistemáticamente, flota en el ambiente en medio de un ambiente de derrotismo nada disimulado.

Más que coordinarse parecería que estén midiéndose las fuerzas. Areer Youseff, de una Asociación de jubilados del sector público insiste en el desempleo de los jóvenes como principal factor para los sucesivos estallidos violentos de los que ha sido testigo y ante los que no duda que volverá a encontrarse. “Las milicias pagaban a los jóvenes para matar y ahora llevan uniforme porque el ejército les paga mejor. Pero es lo único que saben hacer. Especialmente en el sur chiíta, con un nivel educativo y económico más bajo que en el centro y el norte del país, la violencia es un medio de vida. Si nuestros jóvenes no encuentran otro medio de progreso, seguiremos sometidos a una dictadura, tenga esta la forma que tenga, con Baazistas o religiosos chiítas. La sociedad se muere sin desarrollo económico y ninguno de los gobiernos se ha preocupado por dar oportunidades a los jóvenes. La seguridad es importante. Pero la seguridad no puede durar mucho sin trabajo o empresas iraquíes con capacidad de progresar”.

Los sindicalistas del petróleo prosiguen incansablemente su campaña contra la subasta de campos petrolíferos que acaban siempre en manos de empresas extranjeras y la conversación deriva nuevamente en esa dirección. Por más que lo intentan, esa misma tarde, y pese a moverse como trabajadores, y en coches de la compañía, tras varias horas de intentos infructuosos, el ejército impide nuestro acceso a las refinerías de Rumailah, en la carretera que conduce a Nasiriya a unos 100 kilómetros al norte de Basora. ¿Que mejor prueba de un sindicato sin poder que la imposibilidad de acceder a las instalaciones de la empresa en la que trabajan para encontrarse con el resto de trabajadores y miembros de la organización?. La sociedad civil iraquí aún tiene un largo trecho por recorrer para recuperar su espacio natural.

Al menos, los supervivientes lo intentan. Bullen organizaciones de todo tipo que insisten en frenar la toma del poder por los grupos religiosos. Pero las buenas intenciones de un puñado de hombres y mujeres se tornan en silencio, teléfonos apagados y cámaras escondidas cada vez que nos acercamos a uno de los cientos de checkpoints que controlan cada esquina. Peor aún que el silencio, la tristeza e impotencia.

A través de la ventanilla observan como atraviesa con lentitud la calle una procesión que ensaya los desfiles de la Ashura, varias decenas de niños, adolescentes y adultos vestidos de riguroso negro avanzan en coreografiada lentitud al paso que marcan los tambores mientras se golpean pecho y espalda con tanta fuerza que se oye como chocan las palmas de las manos sobre el cuerpo, los palos con cadenas contra la espalda. “Esas son las únicas manifestaciones de las que serás testigo en Irak. Se lamentan por algo que sucedió hace mil años mientras su riqueza nacional se regala al ocupante. Y ante eso no salen a la calle”. Farouk Ismaeel, cuatro décadas de militancia sindical, no tirará la toalla tampoco en esta ocasión.

Sigue viajando por Iraq: IV. Rumaitha. Se discute la situación de los Baazistas (1/2)