Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

II. La ilegalización de facto de los sindicatos del petróleo

A primera hora de la mañana, la dirección de la Federación de Sindicatos de Trabajadores del Petróleo se reúne en las oficinas de la SOC (Compañía de Petróleos del Sur de Irak). Están preocupados por su futuro y han convocado una reunión de urgencia. Al mismo tiempo que el país renueva y concede concesiones petrolíferas a compañías extranjeras se ratifica una decisión  aprobada el 17 de julio de 2007 por el Ministro del Petróleo que deja fuera del proceso de toma de decisiones respecto al crudo iraquí a los sindicatos de trabajadores. Hace apenas tres semanas el Primer Ministro Nuri Al Maliki ha transmitido a todos los niveles de la administración la orden de no reunirse con ellos, mucho menos negociar ningún tipo de acuerdo colectivo respecto a salarios o condiciones de trabajo. Se espera la ilegalización de un sindicato que trabaja ya sin normas que lo reconozcan y es necesario preparase ante cualquier escenario. Se palpa la tensión en el ambiente, surgiendo las primeras fricciones cuando el presidente del Sindicato da comienzo al encuentro con una oración en memoria del profeta Muhammad y varios miembros protestan, en defensa de un laicismo que retrocede incluso en el entorno de la izquierda sindical.

La decisión de excluir a los sindicatos de un proceso de negociación colectiva que en Irak nunca ha existido realmente comienza dos décadas antes. El 11 de marzo de 1987 el régimen de Saddam Hussein aprobó un Código Laboral que a través de sus decisiones 150 y 151 redefinía a los trabajadores como funcionarios y anulaba su derecho a formar sindicatos, estableciéndose la Federación General de Sindicatos de Irak como “sindicato único y vertical” del régimen. Los trabajadores del petróleo se saben de memoria sus palabras “queda abolido el concepto de trabajador y se sustituye por el de empleado del estado”. Sin derecho a sindicato libre.

Ninguno de los sucesivos gobiernos ha redactado una nueva ley de asociación sindical que les permita regresar a una función sindical abierta y estable. El decereto 8750 de la Autoridad Provisional de la Coalición, aprobado por Paul Bremer, ratificó la situación de alegalidad de los sindicatos del petróleo en Irak. Se les permite trabajar en la práctica pero sin reconocer su derecho a hacerlo. Ni pueden recoger cuotas ni figurar como interloctures reconocidos en ningún proceso de toma de decisiones. Cualquier día puede tomarse la decisión de disolver definitivamente el sindicato, algo que según Abdullah Al Maliki, miembro del buró político del sindicato, se palpa en el ambiente. “Cada vez menos trabajadores contactan con nosotros. Se nos está condenando a la marginalidad. Quienes vienen a contarnos los problemas de sus respectivas refinerías se frustran porque como sindicato se nos prohíbe el acceso a las mismas. Los trabajadores se desmotivan y el sindicato se debilita”.

Los trabajadores discuten esta mañana sobre el modo de conseguir una sede alternativa a la oficina que ocupan actualmente, en situación de irregularidad total, en el recinto de la compañía petrolífera pública. Temen, con bastante fundamento, que en cualquier momento el gobierno les expulse de las instalaciones de la empresa, incluso utilizando la fuerza y trasladándose del actual a la clandestinidad.  No pueden creerse que, a medida que el país se recupera, ciertas libertades fundamentales retrocedan y se equiparen con la situación del régimen anterior.

Abdullah Al Maliki, nada que ver con el Primer Ministro del mismo apellido y Faruk Ismaeel, su Secretario General se conocen y han compartido militancia y combatido juntos desde los primeros pasos del sindicato en Basora, allá por 1971. Según Al Maliki, “Hace prácticamente cuatro décadas que trabajamos sin que se reconozcan nuestras derechos, sin un mínimo cauce de relación estable con la empresa o regularizando nuestra  capacidad de financiarnos abiertamente”.

42.000 trabajadores del petróleo, principal actividad económica iraquí, se encuentran privados en la práctica de su derecho de asociación en las tres provincias del Sur de Irak, Basora, Nassiriya y Misan desde las que se exportan en torno a 2,3 millones de barriles de petróleo al día. En torno al 50% de los trabajadores se encuentra en la órbita de la Federación Sindical, siempre según sus propios y probablemente inflados datos, y sólo son recibidos por la dirección de la empresa bajo amenazas firmes de huelga. “No queremos que la única manera de negociar el mantenimiento de nuestro poder adquisitivo sea a través de demostraciones de fuerza como ha sucedido a lo largo de los últimos años. Estamos cansados. Queremos que la constitución reconozca el papel de los trabajadores a la hora de distribuir la riqueza nacional y las condiciones de trabajo como en cualquier país democrático”.

Farouk Ismaeel lo explica con bastante claridad. “A 70 dólares el barril de petróleo, un sólo día de conducciones cerradas le provoca a las compañías y al estado una pérdida de más de 140 millones de dólares. Y desde 2005 nos hemos visto obligados a llegar a ese extremo en tres ocasiones. En una de ellas logramos detener totalmente la exportación durante tres días consecutivos y hemos sido capaces de enfrentarnos tanto al ejército británico como al gobierno iraquí cuando es necesario pero debemos evitar el uso de la fuerza. Deben reconocernos como interlocutor, permitirnos organizar representaciones sindicales oficiales en cada empresa”.

Pese a que el sindicato se declara apolítico, resulta obvio que la mayoría de sus miembros provienen de una militancia comunista previa. Respecto al modo en que las huelgas han sido exitosas en un contexto de extrema violencia como el iraquí y ante la pregunta en torno a su relación con las milicias, acaban por reconocer que si las huelgas tuvieron éxito fue debido a su aprovechamiento como conflicto a través de sujeto interpuesto por el Ejército del Mahdi, que les garantizaba seguridad ante posibles intervenciones de las tropas británicas presentes en Basora por aquel entonces y a las que les interesaba debilitar.  Tiempos más que pasados ahora que los trabajadores, reconociendo que las milicias jugaron un papel fundamental en la resistencia contra la ocupación, no pueden obviar el terrorismo fraccionalista en el que todas acabaron inmersas, presa de las agendas políticas externas a las que se deben y de la imposición de religiosas y reduccionistas visiones respecto a las normas y usos sociales.

El Presidente de la Federación de Sindicatos, Hassam Jumah, plantea cuestiones de extrema simplicidad “Mientras el gobierno otorga concesiones a empresas extranjeras, las empresas nacionales pierden capacidad de decisión y de renovación tecnológica. Los trabajadores cobran en demasiadas ocasiones por no trabajar ya que no se invierte en equiparles y se importa maquinaria extranjera que nadie les enseña a utilizar. Nos quejamos porque casi siempre ese el primer paso ante la privatización y venta por subasta de cada vez más sectores de la economía, la pérdida de control sobre nuestros recursos y la destrucción de nuestro tejido económico. Los iraquíes podríamos mantener la producción por nosotros mismos. Pero el gobierno pretende desmantelar las empresas estatales para depender exclusivamente de las empresas extranjeras”.

Aseguran que, pese a no tener las peores condiciones de trabajo del país, si se compara con otros sectores, los trabajadores del petróleo del sur de Irak cobran en torno a un tercio de lo que se paga en Oman, Arabia Saudí o los Emiratos Árabes por el desempeño de las mismas tareas. Incluso en el kurdistan iraquí, la proporción salarial es de más de dos a uno respecto a la región sur. Jumah insiste “Este año trataron de anular el bono anual, la revisión de los salarios en función de la inflación ya que presionan y presionan forzando a la emigración hacia el Kurdistan o el extranjero de nuestros mejores técnicos. No se trata de una cuestión de ahorro económico sino de destrucción de la capacidad de trabajo y de migración de los profesionales cualificados y organizados”.

Farouk está de acuerdo que “se ha avanzado en materia de seguridad. Y que las condiciones de vida de la población han mejorado en ese sentido. Pero la crisis económica es total y la mayoría de nuestros legisladores no tienen ni la experiencia ni el tiempo necesarios para trabajar realmente en la construcción de una estructura estatal moderna y democrática que pueda levantar el país”. El Secretario General explica que “la Federación de Sindicatos encargó a una comisión de juristas la redacción de una Ley de asociación sindical que el Parlamento se ha negado a debatir hasta el momento. Un país sin negociación colectiva entre empresas, sindicatos y gobierno no es una democracia. La Constitución y la democracia iraquí son aún bebés que tenemos que perfeccionar entre todos”.

Los sindicatos del petróleo trabajan en un contexto que nos permite omitir, por obvio, profundizar en la relación existente entre la caída del régimen anterior y los intereses del gobierno actual, protegido por la administración norteamericana, a la hora de gestionar el modo de explotar la riqueza nacional iraquí. De aquellos lodos surgen estos barros. Resulta difícil imaginar cómo podría  subastarse la riqueza del país en un contexto de movilización de la sociedad civil y se comprenden, en el marco de la entrega de las concesiones petrolíferas a compañías extranjeras, las dificultades que ésta encuentra para organizarse.

Como paso previo a tiempos que se prevén oscuros, la única decisión firme que surge de la reunión de urgencia es la contribución de 1000 dinares al mes (unos 80 céntimos de euro) que cada miembro deberá aportar para el alquiler de un apartamento al que transportar sus archivos y en el que poder reunirse con seguridad. Hassan Jumah, presidente del Sindicato evoca aquellas primeras reuniones de los años 60 en cafés de Basora para animar a los presentes. El problema, y la diferencia, es que ya no son adolescentes. El participante más joven en la reunión tiene 58 años.

Sigue viajando por Iraq: III. Contra el sectarismo en Basora