Irak: posguerra

Un documental de Alberto Arce

Basora. La primera impresión. Aparente normalidad (sectaria)

Muchos de los pasajeros fuman con ansiedad apenas se ha pisado la terminal de llegadas del Aeropuerto de Basora, entrada a Irak. Otros cumplen con los formularios y las preguntas de un par de médicos protegidos por mascarillas. Las medidas profilácticas ante un posible contagio de la gripe A tratan de cumplirse -con una efectividad más que dudosa- situando a Irak en la vanguardia de la seguridad sanitaria aeroportuaria mundial. También de la laxitud en la aplicación de las normas antitabaco que, definitivamente, no existen en este país para mayor solaz de fumadores.

Tras asegurar que no se sufre de ninguno de los síntomas gripales de la lista, llega el turno de la aduana. Se estampa el sello de entrada al país sin ninguna pregunta. Trae trampa. Escrito exclusivamente en árabe, guardando una sorpresa que sólo se descubrirá a la hora de volar de vuelta a casa. Inmediatamente detrás de la cabina aduanera aparece un oficial norteamericano que ojea página por página el pasaporte de cada viajero mientras le pide -no hay opción a negarse- que acepte someterse a la ficha biométrica.

- “levante la cabeza, quítese las gafas, mire fijamente a la luz roja”

-”¿Puedo preguntarle a que se debe esto, señor?”

- “Es algo muy aburrido, el gobierno iraquí nos pide que lo hagamos con todas las personas que entran al país”.

Los soldados Eriksson, Lindberg y Lashovsky no disimulan su hastío mientras toman, dedo a dedo, las huellas dactilares de decenas de personas, sacan fotos tipo carnet y adjuntan, con indiferencia pero sin perder detalle, todos sus datos personales en una base de datos que probablemente sea almacenada en Washington y no en Bagdad. La policía iraquí, numerosa pero inactiva, se limita a observar desde la distancia. Resulta casi imposible otorgarle credibilidad a las palabras del soldado Eriksson. Si es el gobierno iraquí quien lo ordena, ¿por qué su policía se limita a mirar desde una prudencial distancia mientras son los norteamericanos quienes realizan todo el trabajo?, ¿se almacenarán los datos en Washington?

Un grupo de contratistas extranjeros recoge sus maletas y se sube, con prisas, a un convoy de 4*4 que sale de la terminal a toda velocidad, rompiendo el silencio casi absoluto de un precioso y templado atardecer de invierno en el sur de Irak mientras sus motores se acompasan con el ritmo de dos helicópteros que sobrevuelan la frontal del aeropuerto en perfecta formación en una de las imágenes más representativas del Irak de hoy en día: contratistas extranjeros y la ocupación, siempre presente, pero a prudencial distancia. Los extranjeros pertenecen al “Olives Security Group”. Haciéndole contradictorio honor al nombre, además, son de color aceituna, con una rama de olivo y paz. Pese al dispositivo de seguridad, no se aprecia la más mínima tensión. Una docena de años menos y nos encontraríamos ante un grupo de adolescentes que se van de campamento.

El de Basora es un aeropuerto fantasma. Ni café ni comida ni cambio de moneda ni decenas de personas recorriendo sus pasillos. Soldados norteamericanos y policía iraquí, siempre a prudencial distancia entre ellos. El único nexo, unos cuantos niños que trabajan como maleteros. Los iraquíes regresan a casa cargados con enormes maletas. Tan sólo un autobús, un pequeño número de taxis, a todas luces insuficientes y los jeeps de los contratistas extranjeros pueden acceder a la puerta de la terminal. Los recién llegados se desplazan a toda prisa hasta un checkpoint situado a unos dos kilómetros, rodeado de muros de cemento y alambradas, para poder encontrarse con quienes les esperan.

La escena, presa del bullicio de familias que se reencuentran y saludan ceremoniosamente, cargadas de regalos comprados en último Duty Free del camino, es controlada por un globo aerostático cargado de cámaras a unos 100 metros de altura. Café, fruta, chocolates y competencia a gritos por el transporte. Todo recuerda con mucha claridad a cualquiera de los checkpoints de entrada a Belén o Jerusalén en Palestina. El ejército iraquí presiona educadamente pero con firmeza. Los soldados se mueven con rapidez entre los coches, dando golpecitos en la carrocería, levantando la voz y metiendo prisa. Ordenan el tráfico y limpian el aparcamiento en un abrir y cerrar de ojos. Ni una sola maleta sin dueño, ningún coche detenido cerca de la alambrada. Nadie mirando sin más. El que no esté ocupado se tiene que ir inmediatamente. O aparcar a una prudencial distancia del lugar en el que se encuentran los blindados y las vallas perimetrales del punto de control.

La carretera que une el aeropuerto de Basora con la ciudad fue asfaltada hace ya demasiados años y tiene tantos baches como necesidad de algún tipo de alumbrado público. Se conduce a tientas y sin rayas en el asfalto pero no por ello con más prudencia. Son las 5.30 de la tarde, cae la noche en esta latitud del mundo y no se encuentra ninguna farola encendida. Los coches y los focos de los cinco checkpoints del ejército y la policía que es necesario atravesar hasta llegar a la avenida Istiqual, una de las principales arterias de la ciudad, son la única fuente de luz. Frente al hotel Rumialah aparece una nueva patrulla del ejército iraquí, esta vez a pie. Cinco soldados peinan cada una de las dos aceras. Dos furgonetas de techo abierto les cubren, apuntando aleatoriamente a quienes caminan por la calle.

El cauce del río Ashar atraviesa el centro de la ciudad, no así el agua que debería fluir hasta su desembocadura en Shat Al Arab, el golfo que a la altura de la península de Fao marca la frontera con Irán. Miles de botellas de plástico, sillas, bolsas, escombros y todo tipo de basuras del zoco y de los cientos de puestos de venta de la calle Shar el Kuwait lo han anegado convirtiéndolo en un lodazal estancado y putrefacto.

Junto a los puestos en los que se vende el último modelo de Playstation es fácil ver a mujeres y niños pidiendo limosna y removiendo los desperdicios en busca de algo de valor e incluso de algo que llevarse a la boca. Según Abdullah Al Maliki, que además de pertenecer a la dirección Sindicato del Petróleo de Basora trabaja en una asociación que trata de ayudar a los niños de la calle, hay entre 7.000 y 8000 menores de 16 años sin padre de familia que salen a las calles a buscarse el sustento. Sin escolarizar -asegura que muchos no saben escribir- y sin la más mínima cobertura sanitaria. Huérfanos de guerra en su mayoría. De cualquiera de las guerras. Según el Ministerio de Asuntos Sociales y Trabajo de Irak, unos 4,5 millones de menores de edad son huérfanos en Irak. En Agosto de 2008 sólo 459 vivían bajo tutela de un Estado que en Irak sólo existe en materia de seguridad y reconstrucción, selectiva, bajo financiación norteamericana.

Frente a la imponente desembocadura de Shat Al Arab, que sólo puede cruzarse en el centro de la ciudad a través de un puente militar, antiguos edificios públicos en ruinas convertidos en infraviviendas para familias que lo han perdido todo y que viven de la calle en su sentido amplio. En contraste, a un puñado de metros, la imponente reconstrucción del Hotel Sheraton de Basora, bombardeado, saqueado e incendiado por la multitud ante la pasividad de las tropas británicas en abril de 2003 al igual que la mayoría de edificios ocupados por la administración pública del régimen anterior.

Algunos de lo más privilegiados de entre los pobres se sientan frente a antiguas básculas. Por el equivalente a unos 10 céntimos es posible pesarse en la calle y a partir de ahí controlar la dieta con mayor conocimiento de causa.

Hombres que fuman nargile atiborrando las terrazas aseguran sentirse seguros, sin el menor atisbo de crítica o cuestionamiento. “Hace un año y medio, a estas horas a nadie se le ocurría poner un pie en la calle. Ahora las tiendas abren hasta tarde, la vida ha vuelto a las calles y es posible encontrar todo lo necesario para una vida relativamente normal sin preocuparse más que por el precio“. El conductor emprende una pequeña ruta por la avenida para demostrar la normalidad de la situación. Salas de billar abiertas más allá de la medianoche, vendedores de DVD´s piratas igual que en cualquier ciudad española y con los mismos títulos a disposición del público. Decenas de tiendas donde pueden adquirirse tarjetas telefónicas y jóvenes curiosos ante cualquier extraño. Tan insistentes como acogedores y simpáticos.

El bullicio del tráfico se mezcla con el sonido de los generadores y Majeed, el recepcionista del hotel comienza a quejarse apenas a la primera pregunta. “Tenemos unas 8 horas de electricidad al día, el resto del tiempo dependemos de nuestros generadores. Tampoco podemos beber el agua de las conducciones. Sólo es útil para limpiarse”. Casi siete años después de la invasión ni el ejército norteamericano ni el gobierno iraquí han conseguido garantizar suministro eléctrico o agua corriente y potable al mismo tiempo -será difícil superar un agua con mayor sabor a cal que el que corre por grifos, en funcionamiento artesanal, por llamarlo de algún modo, de este hotel- .

“Pero Basora es un lugar completamente seguro. Podemos estar en la calle hasta que cae la noche. Las milicias y los delincuentes ya no pueden entrar a la ciudad. Sal y camina, muévete. Basora es un lugar acogedor donde no hay que tener miedo de nada.” Majeed tiene 21 años y aunque asegura que ya no teme por su vida insiste que en Irak no existe la palabra futuro. “Levantarse por la mañana, estar todo el día sentado a la espera de clientes y de vuelta a casa por un sueldo de miseria. No me gusta esta vida. Es cierto que ahora no tengo miedo. pero tampoco tengo posibilidades de progreso para mí ni para mis dos hijos. Lo que quiero es emigrar a Australia. ¿Tú puedes ayudarme?”.

A medida que la noche avanza se abren paso entre la oscuridad grupos de perros salvajes -que no peligrosos- mucho más visibles que a plena luz del día. Atraviesan las calles, deshaciendo y extendiendo montones de basura y sin acercarse a los puntos de control militar, presentes también con mucha más claridad debido a las hogueras que los soldados encienden para calentarse sin disminuir la atención prestada a cada coche. Muchos han decorado sus puestos con pequeñas bombillas de colores. Ondean multitud de banderas con el rostro del Imam Hussein en  cada casa, comercio, coche, columna o árbol. Se trata del mes de Muharram. Sagrado para los chiítas.

Nadie podría equivocarse respecto a la sensibilidad religiosa dominante en esta zona del país. No sólo las casas o los comercios, privados, muestran con orgullo sus señas identitarias. Edificios públicos, escuelas, coches de policía y controles militares muestran abiertamente los símbolos de su pertenencia sectaria. La bandera iraquí no es precisamente la más extendida en los puestos de seguridad.

Sigue viajando por Iraq: VII. Bagdad. Picnic en Abu Noass, teatro en Al Sho’ala (1/2)